Japón

Entre la serenidad y la extravagancia

Maria Portús
El refinamiento de la cultura japonesa, sus templos, sus calles adoquinadas, sus casas de madera, sus campos de arroz y nenúfares. Pura elegancia
Japón era uno de estos destinos con los que llevaba tiempo soñando. Me había creado muchas expectativas y, como siempre en estas situaciones, una parte de mi temía que la realidad no las pudiera satisfacer. Después de dos semanas muy intensas y ya de vuelta en el avión pensaba en ello y en cómo había podido llegar a dudar de que sería una experiencia alucinante, emocionante y… Pero mejor empecemos por el principio; empecemos por Kioto.
Kioto tiene fama de ser la más tradicional y menos cosmopolita de las grandes metrópolis japonesas. Y, visto lo visto, así es. La ciudad aúna dos atractivos en principio totalmente opuestos; la espiritualidad de sus templos budistas y sintoístas, y lo mundanal del universo de las geishas. Sin embargo, una se da cuenta de que ambos son dos caras de la misma moneda, del refinamiento y alto sentido estético de la cultura japonesa. Nosotras disfrutamos muchísimo de todo, aderezado con la deliciosa comida local, para mí la mejor de todo el viaje.

El Santuario Itsukushima

Del sinfín de templos destacan Kiyomizu-dera, Kinkaku-ji (el famoso templo dorado), Ginkaku-ji (el plateado) o el túnel de toriis rojos de Fushimi Inari. Todos ellos son maravillosos y merecen ser visitados pero nosotras disfrutamos muchísimo más de otros templos menores, más pequeños, con menos aglomeraciones y más alma. Ryoan-ji con su jardín de piedras zen o Shoren-in, acogedor y rodeado de un cuidadísimo jardín, nos fascinaron.
Desde Kioto nos acercamos también a Nara, famosa por albergar el buda de bronce más grande del mundo, y a Miyajima. En esta última se encuentra una de las imágenes más icónicas de Japón; el famoso torii que parece flotar en el agua cuando hay pleamar y que da entrada al fabuloso templo sintoísta de Itsukushima. Siempre se siente algo especial al contemplar en vivo y en directo una imagen tantas veces vista en foto. Es un poco como ver a una estrella de cine en directo.

Templo Kongobuji

También decidimos pasar una noche en Koyasan. Es una ciudad sagrada llena de templos maravillosos. Aunque está invadida por peregrinos y turistas, se siente la espiritualidad del lugar. Allí vivimos una experiencia de lo más especial. ¡Nos alojamos en un templo! Y con ello nos “japonizamos” en un tiempo récord. Comimos nuestra primera cena vegetariana totalmente alejada de la idea que tenemos de la cocina japonesa; experimentamos el primer baño en un onsen (baño comunitario) con todo el ritual que conlleva; Dormimos por primera vez sobre un tatami; y por la mañana pudimos acompañar a los monjes en sus plegarias matutinas antes de disfrutar (unos más que otros, tengo que confesarlo) de un desayuno, claro está, vegetariano.
De vuelta a Kioto, y después de tanta frugalidad y espiritualidad, se imponía una visita a Gion, el histórico barrio de las geishas. Calles adoquinadas con estrechas casitas de madera adornadas con farolillos, restaurantes, casas de té, tiendas de delicatesen y paseantes vestidos con kimonos te transportan a otro tiempo. Allí acudimos a la ceremonia del té, y aprendimos cómo se prepara, se sirve y se bebe. Todo simbolismo y reflejo de la cultura japonesa. Gion es una buena opción para cenar, pasear y relajarse; como también lo es Pontocho, una de las calles más carismáticas y encantadoras de Kioto. Esta calle estrecha que discurre paralela al río está llena de restaurantes con terrazas que parecen flotar encima del agua y de noche se iluminan con decenas de farolillos. Un paseo por la orilla del río a la luz de estos farolillos es una de las mejores maneras de terminar el día y, en nuestro caso, nuestra estancia en Kioto.

Gion, el histórico barrio de las geishas

La sensación que tuvimos nada más pisar Takayama es que más que un tren habíamos cogido una máquina del tiempo. Takayama es una ciudad con un casco antiguo precioso y evocador lleno de tiendecitas, puestos de comida, casas patrimonio que se pueden visitar, y restaurantes que sirven la famosa carne de Hida. Aquí nos alojamos en un Ryokan, el alojamiento tradicional japonés donde incluso nos pudimos dar el capricho de probarnos un kimono. Takayama es además la puerta que lleva a Shirakawa-go. Ésta es una aldea de cuento perdida en las montañas y salpicada de granjas de madera y tejados de paja muy inclinados, diseñados para soportar el peso de la nieve en invierno. Aquel día lloviznaba y esto intensificó más si cabe los verdes de un paisaje bucólico de montañas, campos de arroz, y nenúfares. Un Japón desconocido hasta entonces para mí y que me dejó pensando (momento de reflexión profunda) en por que habían ambientado Heidi en los Alpes Suizos teniendo algo tan idílico para mostrar al mundo.

Shirakawa go

Tras esta visita, cogimos un tren de vuelta al siglo XXI para instalarnos en nuestro último campo base, Tokio.  Tengo que confesar que para mí no era uno de los puntos fuertes del viaje. Incluso cuando lo planeamos ésta fue la parte que dejamos más abierta con la idea de ir improvisando… Pero nada más llegar, nos enamoramos. Tokio es sorprendente y extravagante. Sabes que es la mayor metrópoli del mundo, lo ves con tus propios ojos cuando la contemplas desde las alturas y, sin embargo, es muy accesible. Puede que sea la perfección de su transporte público, la amabilidad de sus habitantes o la seguridad que se respira, pero no intimida; al contrario, enseguida te sientes parte de ella.
Nada más llegar nos dirigimos a la torre Tokyo Skytree. Presume de ser  la torre de telecomunicaciones más alta del mundo y ya la subida en ascensor te deja sin aliento. Llegamos alrededor de las seis de la tarde y pudimos disfrutar de ver la ciudad anochecer e iluminarse. Fue espectacular. Edificios y construcciones hasta dónde alcanza la vista, el río serpenteando, y a lo lejos, apenas visible aquel día, el monte Fuji.

Vistas desde la Torre Tokyo Skytree

Al día siguiente nos lanzamos a la calle, básicamente a eso, a callejear. Tokio no es en mi opinión una ciudad con una lista de monumentos, edificios, museos, o un casco histórico indispensables. Sin esta “presión” encima, se convierte en una ciudad, para pasearla y observar cómo los tokiotas se mueven en orden por lo que aparentemente es un caos.
Cada barrio es un mundo. Desde Harajuku, donde se puede comprar la ropa y complementos freakies que visten a sus tribus urbanas, pasando por la glamurosa Ginza, que deja pequeña a la quinta avenida, Tokio es el paraíso de las compras. Aunque no solo de moda vive el consumista consumado. En Akihabara se puede encontrar lo último en electrónica, informática y anime. Entrar en uno de sus locales de máquinas recreativas es una experiencia sensorial alucinante. Luces, música a tope y mucho juego.

Ginza

Pero es que las sorpresas no cesan. Después de este despliegue de luz y color, cae una de repente en un barrio que parece haberse quedado anclado en el tiempo. Yanaka ha sobrevivido a incendios, terremotos y guerras y no vi allí edificios de más de tres pisos. Conviven tiendas de kimonos de toda la vida con galerías de arte y tiendas de artesanía regentadas por artistas jóvenes que se han instalado allí en los últimos años. Se respira calma y tiene un aire de pueblo que por un rato te aleja de la gran ciudad. Tokio es también una ciudad con espacios verdes como el parque de Ueno, el de Shinjuku o el precioso jardín Rikugi-en. Este jardín, que muestra todo su esplendor en otoño es en verano el sitio ideal para refugiarse de los calores que azotan la ciudad y claro ejemplo de la estética Japonesa en el diseño de paisajes. Un pequeño oasis verde con estanques, puentes de piedra, y una casita de té.

Akihabara

Y aunque los días sean intensos, también hay que vivir Tokio de noche. Shinjuku es el centro administrativo y el barrio más cosmopolita  junto con Shibuya y su famoso cruce. Nunca duerme y sus calles representan la imagen de modernidad que todos tenemos de Tokio. Sus luces de neón, negocios nocturnos de dudosa reputación y gente moderna te dejan con sensación de subidón mucho rato después de haberlo dejado. Asimismo vale la pena salir a cenar y tomar una copa por Roppongi Hills, también imagen del Tokio más moderno y sofisticado. Atención mitómanos; aquí se encuentra el famoso restaurante que aparece en Kill Bill.

Jardín Rikugi-en

Y, finalmente, no puede uno dejar la ciudad sin pasar por el famoso mercado de Tsukiji. Los más entregados pueden asistir a la subasta del pescado de madrugada y los menos desayunar el mejor sushi de su vida en uno de los múltiples establecimientos situados alrededor del mercado. En las callejuelas que lo rodean  se vende pescado, carne, frutas, verduras y utensilios de cocina, y hay puestos de comida con brochetas de vieira, ostras a la plancha, dulces… Un verdadero festín para todos los sentidos con el que nos despedimos de Tokio.
Este fue el colofón de un viaje espectacular por un país que enamora. Nos fuimos con la sensación que nos quedaba mucho por ver y con muchas ganas de volver. Japón es un destino imprescindible pero quedáis avisados; puede crear adicción.

Publicado en el Nº22 de Magellan

Sobre el autor

Maria Portús

Maria Portús

Después de muchos años trabajando en el turismo de negocios, a principios de año decidí lanzarme y dedicarme a mi verdadera pasión, la pastelería. Un trabajo que hasta ahora era uno de mis ‘hobbies’ junto con la lectura, pasear por el campo, el arte, la decoración y, por supuesto, viajar.

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