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Tras los pasos de Sherlock, Harry y Caperucita Roja

Lea Buendía
Autor: Lea Buendía

La primera vez que visité Londres nos alojamos con unos amigos en una bonita casa de tres plantas de Notting Hill. Era una de esas de fachada blanca que habían llenado las pantallas de medio mundo gracias a la película protagonizada por Julia Roberts y Hugh Grant, y que aún distinguen al barrio como uno de los más sofisticados de la ciudad.

La casa estaba situada en Prince’s Square, en una calle de lo más animada y refinada. Daba gusto. Sin embargo, que la que había de ser nuestra morada durante esos días había abandonado en su interior antiguos aires de sofisticación para convertirse en un hostal low cost subdividido en infinidad de habitaciones, donde mochileros y viajeros adolescentes hacían cola en cada planta para tener su momento de gloria en un baño debidamente enmoquetado. No es oro todo lo que reluce…
Lo curioso del caso es que, lo creáis o no, el olor de esa moqueta azul antihigiénica que cada mañana visitaban millones de pies no era lo más escalofriante del lugar, ni mucho menos. Habíamos tenido la suerte, o la desgracia, de que nuestra pequeña habitación de literas diera a la calle. Esa tan bonita y sofisticada. Y mi cama, quedaba justo al lado de la ventana en la primera planta. Cada noche, al irse el sol y alumbrarse las farolas, una tenebrosa sombra con sombrero de copa se proyectaba en la ventana amenazante. Y enfatizo lo de amenazante, no como recurso literario, sino porque nuestro visitante nocturno portaba un afilado cuchillo que alzaba en el aire en señal de ataque.

Por las mañanas, cuando nos levantábamos y inspeccionábamos la calle no entendíamos de donde podía surgir la silueta. Todo eran perfectas casitas y restaurantes chic, sin rastro de asesinos… Y en estas andábamos cuando una de las noches, en que trasnochamos más de lo trasnochable, volviendo a casa vimos a la inquietante figura a lo lejos, justo en nuestra ventana. Al acercarnos descubrimos con asombro que nuestro visitante nocturno no era otro que Jack The Ripper (Jack el Destripador), o mejor dicho, y por suerte, su versión cartón-piedra. Es bien sabido que Jacky, como llegaron a apodarle con los años las leyendas, sólo salía de noche, así que todo parecía encajar en nuestro particular misterio.
Resultó, que al lado de nuestra acogedora casita había un local especializado en hacer tours nocturnos por las calles del barrio, visitando uno a uno los lugares donde el famoso asesino en serie había perpetrado sus crímenes más conocidos. Ni cortos ni perezosos –y servidora con más miedo que ganas– decidimos inscribirnos. La experiencia resultó de lo más gratificante. Recorrimos las calles como se supone que el asesino (o más probablemente, los asesinos) lo habría hecho, y nuestro guía, metido en la piel de un policía de la época, nos relataba los entresijos de sus averiguaciones mientras nosotros lográbamos salir siempre airosos de nuestras fechorías.

Que nunca se diera con el paradero de Jack el Destripador –apodo que, por cierto, se tomó de la firma de una carta, probablemente obra de periodistas o bromistas, escrita por alguien que se adjudicaba los asesinatos– ha contribuido a alimentar la leyenda desde 1888. Hay canciones, pinturas, films y por supuesto muchas obras literarias.

Recorriendo los callejones de Londres aquella noche tras los psicóticos pasos de Jack el Destripador recordé un libro cuyo final me había impactado poco tiempo atrás, The Last Sherlock Holmes Story (1979), de Michael Dibdin. Si unís cabos, o si lo habéis leído, sabréis el porqué. El caso es que, esa misma semana en Londres, seducidos por esta nueva modalidad de descubrir ciudades, decidimos pasarnos al lado de los buenos y ser  detectives de la mano de Sherlock Holmes, el apasionante personaje creado en 1887 por sir Arthur Conan Doyle. El Sherlock Holmes Museum, desde donde salen algunos de los tours, se encuentra en el 221 B de Baker Street, claro, y solo por eso merece la pena enrolarse en alguno de los circuitos. Con el que nosotros elegimos, más histórico, reconstruimos el Londres victoriano, sus capas sociales y su evolución, todo con toques fantásticos muy Holmes que lo hacían de lo más atrayente. Sólo diré, que recuerdo muchos de los detalles de aquel tour, y pocos de la guía sobre Londres que llevaba conmigo.

Ya de vuelta, le cogí el gustillo a esto de descubrir una ciudad de la mano de personajes literarios con los que has compartido parte de tus noches, viajes en metro y desayunos…  Y empecé por visitar lo que tenía en casa, claro. En Barcelona había ya, y contra todo pronóstico, bastantes rutas literarias. Evidentemente, dos se llevaban la palma, los que recorrían los mejores enclaves de sus best-sellers más actuales: La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón, y La catedral del Mar, de Ildefonso Falcones. El punto fantasioso del primero me llevó a decidirme por su tour. Eso, y que aquella librería secreta escondida en la Barcelona de principios del siglo XX a la que tanto acuden sus protagonistas está en la chocolatería favorita de mi abuelo (y de servidora por extensión), así que no había excusa.

Y ya enfrascada en esto de los tours literarios más mágicos, seguí alimentando mi adicción a este tipo de rutas durante escapadas por Europa. Evidentemente, como fan incondicional de Harry Potter, no pude evitar recorrer las cafeterías de Edimburgo desde las que J.K. Rowling escribió la saga. Desde las ventanas de The Elephant House, en George IV Bridge, es fácil visualizar el castillo de la ciudad reconvertido en la escuela magica de Hogwarts. No en vano, Edimburgo fue la primera Ciudad de la Literatura del mundo catalogada por la Unesco. Ian Rankin, Irvine Welsh o el genial Jorge Luis Borges… Edimburgo parece el perfecto escenario para cualquier historia fantástica, y sus agencias organizan muchos recorridos de este tipo. Algunos, seguramente los más efectivos, ofrecen recorridos por los diferentes autores que han empapado de Edimburgo sus obras, de sir Walter Scott a el ya citado autor escocés Arthur Conan Doyle, nacido en la ciudad –sí, Holmes y su doctor Watson están basados en dos personajes reales, el profesor Joseph Bell y su amigo el doctor Patrick Heron Watson, residentes en la ciudad– o el mismísimo Oscar Wilde. Su fatal personaje, Dorian Gray, era en realidad John Gray, un buen amigo.

Las rutas recorren los callejones de la ciudad, entremezclando fantasía y realidad. Historias de personajes reales, como la del naufrago escocés Alexander Selkirk o la del exitoso hombre de negocios Deacon Brodie, impoluto de día y ladrón de noche, con las ficticias: Daniel Defoe, llegó a entrevistar a Selkirk y lo inmortalizó en su famosa novela Robinson Crusoe, y los cambios de personalidad de Brodie inspirarían a Robert Louis Stevenson para escribir El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr Hyde… Ahí es nada.

Mi afán por seguir los pasos de mis heroes literarios me llevó a dedicar una de mis visitas íntegras a Madrid a recorrer el Barrio de Las Letras de arriba a abajo, escuchando los entresijos típicos del Siglo de Oro español. Hay diversas visitas teatralizadas, para mi, las mejores. ¡Qué mejor homenaje! De El capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte en acción, al hidalgo don Quijote, pasando por Lope de Vega, Góngora, Bécquer, Quevedo…

Evidentemente Cervantes se lleva la palma en esto de las rutas, pues según parece, cuenta con una ruta literaria-quijotesca exclusiva organizada por la junta de Castilla la Mancha que recorre los territorios que cruzó el hidalgo escudero. Algo semejante a lo que hace otra de las rutas literarias más importantes de España, la del Camino del Cid, de la que alguna viajera habló ya en Magellan. La ruta, que es realmente impresionante, recorre cuatro comunidades autónomas (Castilla León, Castilla-La Mancha, Aragón Comunidad Valenciana) y ocho provincias ( Burgos, Soria, Guadalajara, Zaragoza, Teruel, Castellón, Valencia y Alicante), los más de 2.000 kilómetros que viajo el mismísimo Rodrigo Díaz de Vivar.

Es algo semejante a lo que propone La Ruta de los Cuentos de Hadas de la que hababa la bloguera Valentina en uno de sus posts: 500 kilómetros desde el centro de Alemania a Bremen, sí, la ciudad de los musicos, cruzando la región en la que los geniales hermanos Grimm recopilaron y escribieron sus Cuentos de Hadas de los Hermanos Grimm.

Ya viviendo en Toulouse, Francia, me escapé a Auch para visitar la tierra natal de D’Artagnan, el cuarto mosquetero de Alexandre Dumas. Castillos, llanuras, caserones medievales. El pueblo, precioso, guarda una estatua en honor al mosquetero  y una plaza con fragmentos de la novela en hierro que cubren todo el suelo (y que abren este post). No hay una casa concreta para D’Artagnan, pero sí, y según aprendí en el tour de rigor, una de Charles de Batz-Castelmore d’Artagnan, el militar francés en el cual se basó el personaje, y que no vivió en la época del Luis XIII y del cardenal Richelieu, si no en la del cardenal Mazarino y Luis XIV.

Y hablando de Luis XIV, coetáneo del verdadero D’Artagnan debió ser Charles Perrault, un personaje muy conocido en la corte francesa que pasaría a la posteridad por su obra Les Histoires et contes du temps passé avec des moralités, un libro en el que recogió la versión más educativa de ocho historias populares que se han convertido en mitos de la literatura: Barba Azul, La Cenicienta, La Bella durmiente del bosque, Caperucita roja, El gato con botas, Las Hadas, Riquete el del copete y Pulgarcito. Sobre el no encontré tours, claro está, pero en París, su ciudad natal, y por toda Francia, suelen celebrar conciertos itinerantes y teatros representando su obra. Una magnífica manera de entender la europa medieval…

De hecho, París daría para tres entradas de blog enteras en lo que a rutas literarias respecta: es una de las ciudades, junto con Edimburgo, más literadas del mundo. Victor Hugo, Balzac, Allen Ginsberg, William S. Burroughs, Hemingway… ¡ai! Ya estoy haciendo las maletas. Aunque si hay que seguir al maestro Hemingway, quizá mejor que sea en la Habana: tomandose el mojito en la Bodeguita,el daiquirí, en el Floridita y descuartizando sin piedad –en el mejor de los sentidos– su magnífico El viejo y el mar. 

Lea Buendía

Sobre el autor

Lea Buendía

Lea Buendía

Dicen que tengo mucha imaginación, a veces quizá demasiada. Soy de esas que leen Las mil y una noches y ya se ve en Persia rodeada de sultanes y visires. Soy creativa, vital y muy curiosa. De ahí que amontone revistas de historia y viajes por igual y esconda en los cajones maquetas de pirámides y puzzles en 3-D de castillos del Loira. Soy también algo tímida, tremendamente organizada, y puestos a confesar, algo cagueta. Con toda probabilidad no habría podido seguir a Simbad ni en el primero de sus siete viajes, menos sin una guía y las reservas de los hoteles hechas, pero me habría encantado resolver enigmas con Howard Carter para llegar a descubrir la tumba de Tutankamón. Que se le va a hacer, soy más de magia que de acción, será el apellido…

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