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El viaje perfecto

Lea Buendía
Autor: Lea Buendía

Sí, ya ha llegado el calor, al menos en estas latitudes en las que me encuentro. El metro se llena de turistas rebozados de crema solar en cada viaje, y de niños ociosos, que ya disfrutan de sus vacaciones estivales y se mueven en manada guiados por monitores divertidos y enrollados que los animan a golpe de canciones e historias. Hay parejas de abuelos, que los miran sonrientes mientras reclaman un asiento a adolescentes atrapados por sus móviles que los han ocupado sin piedad. Y embarazadas que se abanican insaciables pese a la temperatura polar que alcanzan los vagones del metro que llevan el aire acondicionado funcionando a todo gas. La vida es un carnaval.

Y entre esa fauna exultante de felicidad veraniega, viajan también, camufaldos y arrinconados, esos soñadores reprimidos, trabajadores a un mes (aún) de las ansiadas vacaciones, que no lucen sandalias ni moreno, sino fiambrera, pantalón largo y cara aún más larga. Y que aunque intentan no transmitir emoción alguna, y no destacar entre la multitud, la envidia los (nos) corroe. Mientras el vagón avanza, ellos se repiten a si mismos escondidos tras un libro, un periódico o los auriculares de su mp3, que fue una buena idea coger las vacaciones en setiembre, que saldrá mejor de precio. Que cuando todos vuelvan, ellos al fin se irán. Que agosto en el fondo es el mes ideal para las vacaciones, que ni antes ni después. Que en la ciudad no queda nadie, que es cuando hace más calor y se hace imposible trabajar. Que ya sólo quedan 15 días…

Y los turistas siguen entrando en masa, mapa en mano. Y las embarazadas se abanican con la subida de la temperatura del vagón. Y los niños cantan. Algunos incluso bailan.
Y esos pasajeros reprimidos desempolvan sus mejores armas de supervivencia y dejan volar su imaginación, y empiezan a soñar con su viaje perfecto, como embrujados por ese gigante bueno del genial –e imprescindible– Roald Dahl que ahora empapela los vagones del metro en su adaptación cinematográfica.

Y se transportan a una playa del Caribe, y saborean una buena pasta siciliana, y huyen del calor observando la aurora boreal, y descubren ruinas perdidas, y se abrasan en la gran manzana. Se bañan en la costa brava, suben a la torre Eiffel, recorren la Gran Muralla China.

¡Quién fuera Matilda para poder hacer rodar las agujas del reloj con la mirada!
Entonces algún turista perdido detecta su presencia, y les pregunta, identificándolos como locales, que qué parada es la mejor para visitar la catedral, y ellos, los reprimidos pasajeros que conocen la respuesta de carrerilla inician la lista mental de todo lo que tienen planificado para esos días de descanso merecido.

Leeré mucho, se dicen. Todo lo que no pude durante el año. Frente al mar, desayunando. Iremos a hacer aquel camino de ronda, al atardecer. Este año si. Dejaré de fumar. Seguro que relajado, rodeado de tanta naturaleza lo consigo. Y visitaremos esto y aquello, y luego, seguro que nos da tiempo, en un momento nos plantamos en aquel pueblecito y nos pegamos un homenaje en la cena.

¡Ai! Suspira el reprimido viajero, a dos paradas ya del trabajo. Los turistas han bajado en el centro. Y sólo algunos abuelos que se han animado a hablar con la embarazada resisten en sus asientos.  Le toca para ya y será niña, pero hasta que no crezca un poco no la llevarán a la playa. El monitor ha empezado a explicar todo lo que tienen previsto para hoy, y los niños gritan emocionados al oír que toca piscina.

¡Porca miseria! Una parada para bajar, y el suplicio habrá acabado. Hacen mentalmente la maleta. Cogeré ese conjuntito que ¡este año si! me entra. Estaré divina. Me llevo la camisa blanca, esa que es tan fresquita. Y el bañador nuevo. Que no se me pase coger el traje de buceo. Pondré en el neceser la crema antimosquitos, que he leído que allí hay muchos. Y la guía, no soy nada sin la guía. Y tengo que prepararme el modelito para ir de festival…

Y en esas andan, cuando bajan con su fiambrera y su pantalón largo del vagón. Mientras los niños corean, los turistas sacan fotos y los abuelos les sonrien sin cesar. Lo hacen sistemáticamente y sin pensar.  Pensando en su viaje perfecto.
Ya queda menos viajeros. Como diría Dahl, no hay nada imposible si uno le pone empeño y cree en ello de verdad. Total, sólo hay que aguantar unos días más. Proxima parada: el viaje perfecto.

 

Lea Buendía

Sobre el autor

Lea Buendía

Lea Buendía

Dicen que tengo mucha imaginación, a veces quizá demasiada. Soy de esas que leen Las mil y una noches y ya se ve en Persia rodeada de sultanes y visires. Soy creativa, vital y muy curiosa. De ahí que amontone revistas de historia y viajes por igual y esconda en los cajones maquetas de pirámides y puzzles en 3-D de castillos del Loira. Soy también algo tímida, tremendamente organizada, y puestos a confesar, algo cagueta. Con toda probabilidad no habría podido seguir a Simbad ni en el primero de sus siete viajes, menos sin una guía y las reservas de los hoteles hechas, pero me habría encantado resolver enigmas con Howard Carter para llegar a descubrir la tumba de Tutankamón. Que se le va a hacer, soy más de magia que de acción, será el apellido…

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