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Pasen y vean… ¡Ofertas para viajar este enero sin arruinarse en el intento!

Lea Buendía

Eran las 12.12 horas de la mañana, y andaba yo absorta en lo extraordinario que tenía el hecho de haber mirado la hora justo en ese instante, cuando me sobresaltó un emocionado compañero que, levantándose impetuosamente de su silla, alzó los brazos dando a entender que había leído-oído-o bien-se-le-había-desvelado una noticia aparentemente reveladora. Se alzó y gritó a toda voz: “¡chicos!, ¡chicos!, ¡rápido!, ¡rápido!”
“Rápido, ¿qué?”, le contestamos al unísono el resto, contagiados por su desenfreno matutino. “¡Venid, venid!”, repetía nervioso.
Rápidamente nos amontonamos ansiosos por saber más detrás de su escritorio. Había encontrado la oferta de su vida. O eso creía el.

A Tatum, que así es como (no) se llama el susodicho que había hallado el tesoro–ya sabéis, soy mucho de novela fácil y seudónimos artístico-literarios excesivos– le gusta mucho la fotografía, y por defecto, viajar. De hecho, se gana (extra) la vida haciendo fotografías a deliciosos platos de comida en primerísimo primer plano, de esos de diseño que nos hacen la boca agua a algunos. Por desgracia para Tatum, por mucho que los platos sean de lujo, lo que le pagan por semejantes fotones no le llega ni para cuatro perlas de caviar de esas que coronan muchos de los manjares que inmortaliza. De ahí, volviendo a la escena matutina, su emoción repentina al ver la increíble noticia.

Resulta que Tatum, de nombre Chuck, había encontrado una oferta de lo más interesante y adecuada para lo triste que suele resultar la segunda y apurada semana del mes de enero para mundanos mileuristas: vuelos a 2×1 ofertados por una conocida aerolínea low cost. No cabía en su gozo. ¡Corred!, ¡corred!, ¡reservad uno!, que esto va a volar, decía una y otra vez nervioso.

Emocionado y sin que nadie pudiera tan siquiera abrir la boca, cuando quisimos reaccionar Chuck se había comprado ya dos pares de vuelos. Sí, como el que compra calcetines. Uno a Praga, atendiendo a recomendaciones anteriores de
sus sabios compañeros de trabajo, entre los que me incluyo, claro –es sin duda la ciudad más bonita que he visitado nunca: Romántica, enigmática, bella… Lo tiene todo– y otro a Edimburgo, que no se queda corta.

Los demás no tardamos en volver a nuestros puestos de trabajo para… intentar apuntarnos al carro. La oferta duraba 24 horas, y no había tiempo que perder. Unos llamaban a sus parejas, otros discutían sobre los destinos, y otros, por el camino (o en el buscador), topamos sin querer con ofertas similares de otras aerolíneas. Las rebajas habían empezado con fuerza tras las Navidades, y no sólo en la ropa, y se aprovechaba cualquier ocasión: que si el 2×1, que si mitad de precio para destinos concretos, que si aniversario de la compañía con un 25% de descuento en sus vuelos… Aumentaba el nerviosismo en la sala, las dudas, la emoción, y también, poco a poco, el escepticismo. La inminencia con la que las ofertas expiraban, no podía ser sino un truco comercial, empezaron a decir algunos. Entretanto Tatum miraba ya las sucosas ofertas de la siguiente compañía con la tarjeta de crédito echando humo en la mano.
Servidora, que antes tenía un profundo desconocimiento de la fluctuación de los precios de los vuelos –desde que Ryanair sacó aquellos primeros vuelos a 15 euros, hasta ahora ha llovido y volando mucho– es hoy una experta. Es lo que tienen tres años en el exilio, que acabas haciendo cosas de las que nunca te creíste capaz: como tener tres tarjetas de socio de aerolíneas low cost de tres países distintos, comprar vuelos internos europeos a un año vista, y guardar como oro en paño un excel acurado de los precios y días óptimos para volar, que actualizas regularmente. Rauda y veloz vi en aquella atomósfera de incertidumbre mi momento de gloria y saqué el preciado documento para comprobar lo ofertoso de tanta oferta.

Bastaron apenas tres segundos para ratificar aquello de sospecha y acertarás. Evidentemente las ofertas no eran tales, pues se habían inflado ligeramente algunos de los precios para poder ofertar dos billetes por el precio de uno. “Elemental querido Watson”, que habría dicho el detective. Que pillines pensé, mientras cerraba la página un tanto desilusionada.

Pese a las alertas, otros, los más, siguieron comprando.

La oferta del 2×1 tuvo tanto éxito que hasta la reeditaron, ampliando el plazo hasta hace pocos días. Muchas otras aún continúan (interesados basta con poner las palabras máquinas en el buscador OFERTA – VUELOS – ENERO, y aparecen una detrás de otra).

Aquel día me fui a casa satisfecha de haber esquivado un gancho comercial muy poco ventajoso. Lo contaba con orgullo a mis amigos, lo expliqué sacando pecho a mi pareja y hasta llamé a mis padres.

Pero hoy, a las 23.23, hora local en que curiosamente he vuelto a mirar el reloj, Tatum está ya de camino a Praga, y servidora, en casa en pijama escribiendo este post para publicar mañana…
¡Ai! ¡Que mala es la envidia!

 

Lea Buendía

Sobre el autor

Lea Buendía

Lea Buendía

Dicen que tengo mucha imaginación, a veces quizá demasiada. Soy de esas que leen Las mil y una noches y ya se ve en Persia rodeada de sultanes y visires. Soy creativa, vital y muy curiosa. De ahí que amontone revistas de historia y viajes por igual y esconda en los cajones maquetas de pirámides y puzzles en 3-D de castillos del Loira. Soy también algo tímida, tremendamente organizada, y puestos a confesar, algo cagueta. Con toda probabilidad no habría podido seguir a Simbad ni en el primero de sus siete viajes, menos sin una guía y las reservas de los hoteles hechas, pero me habría encantado resolver enigmas con Howard Carter para llegar a descubrir la tumba de Tutankamón. Que se le va a hacer, soy más de magia que de acción, será el apellido…

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