Viajar antes de Viajar

Croacia

JOSEP PRATS

Un viaje empieza mucho antes de salir de casa para ir al aeropuerto, estación de tren o coger el coche. Un viaje se construye semanas o meses antes. Es entonces cuando se empieza a ‘viajar’ aunque estés sentado delante del ordenador, buscando información, videos, testimonios, relatos para construir un itinerario, un plan de visitas, para conocer costumbres, historia, tradiciones. Es entonces cuando empezamos a elaborar nuestro cuaderno de viaje, con datos prácticos, como tipo de moneda, clima, cómo moverse, qué documentación es imprescindible, etc., un cuaderno que iremos rellenando durante y después de nuestro viaje.

“Es entonces cuando se empieza a ‘viajar’ aunque estés sentado delante del ordenador, buscando información, videos, testimonios, relatos para construir un itinerario, un plan de visitas, para conocer costumbres, historia, tradiciones.”

Este preámbulo es también apasionante. Surge de una ilusión, de una inquietud, de múltiples curiosidades que brotan y se acumulan en este proceso de construir tu propio viaje, de empujar lo que es aún un sueño hacia una futura realidad. Pasar del ‘viaje’ entre comillas al viaje real.

Me gustaría aquí compartir mi diseño propio de un viaje a Croacia y su seductora costa dálmata. Sería genial que quienes tienen el mismo sueño nos envíen sus ideas, su proyecto, sus ilusiones. Y que los que ya han viajado nos aconsejen, nos dejen vivir sus experiencias, nos hagan recomendaciones. Estas sinergias son las que mejor alimentan a todos los que sienten pasión por viajar.

Todo viaje tiene un motivo,

un por qué escogemos un lugar.

En mi caso los sintetizo en tres

Mis porqués

La fuerza, la belleza

que transmiten las imágenes que he visto de sus paisajes, tanto el azul turquesa de las aguas de su costa iluminados por un generoso sol, como el imponente verde de sus parques nacionales abrumado por preciosas cascadas y suavizado por el azul de lagos y ríos.

Su patrimonio nacional

Vestigios romanos, medievales, ciudades con sabor veneciano, testimonios arquitectónicos de su época como protectorado austro-húngaro, y la huella impersonal, fría, repetitiva y antiestética de la antigua Yugoslavia del mariscal Tito.

Vivir in situ

el palpitar de un pueblo que hace poco, a principios de la década de los 90, sufrió los horrores de una guerra que vimos a pedazos por las televisiones y nos costaba creer que era tan cercana. Y conocer si la huella de la munición que aún se aprecia en algunos edificios, también perdura en el alma de los croatas.

La postal de Dubrovnic, la vista aérea de abigarrados tejados rojos encorsetados en una muralla con el intenso azul del Adriático, salpicado por el verde de pequeñas islas, de fondo, enamora ya antes de conocer la ciudad. Nos la describen como una maravilla de piedras, palacios, iglesias y plazas. La puerta de Pile, con un puente de piedra sobre el antiguo foso de la muralla, es la histórica entrada a la ciudad.

 

Por aquí se accede a la monumental Fuente de Onofrio que sirve de prólogo a la calle Placa, la vía principal que atraviesa la ciudad de este a oeste. Dicen que no hace falta indicaciones porque los palacios, la catedral y los monasterios están a la vista. El convento de los franciscanos, con un bello claustro, una farmacia del  siglo XIV, la calle de los Judíos, que recuerda a los sefarditas que se instalaron allí tras ser expulsados en 1492 de Castilla y Aragón, son retazos de la convulsa historia de Dubrovnik.

 

Fue fundada por los romanos en el siglo VII, fue bizantina, veneciana, húngara, e incluso se convirtió en ciudad independiente bajo el nombre de Ragusa en 1384, amparada por una poderosa fuerza naval que la hizo próspera. Pero hay dos episodios trágicos que marcan esta preciosa ciudad: En 1667 un terremoto la dejó en ruinas y en 1991 y 1992 fue castigada por los misiles serbios.

 

He leído que en la fortaleza hay una frase, grabada en la piedra, que traducida dice esto: ‘La libertad no puede venderse por oro’. Quizás sea ésta la explicación de su fuerza, orgullo y resistencia en los momentos más duros de su historia, como en la reciente Guerra de los Balcanes, que ha dejado cicatrices de las balas y bombas en muchos edificios. Este espíritu de libertad inquebrantable permitió que esta ciudad pudiera rehacerse, con la ayuda de toda Europa, y vuelva a relucir como la esplendorosa Perla del Adriático.

 

Pero Dubrovnik es mucho más que monumentos e historia. Tiene una bulliciosa vida en sus calles que revelan su pasado medieval. Vale la pena perderse por ellas para descubrir rincones genuinos, tiendas, tabernas tradicionales, con sabor napolitano. Imprescindible es un paseo por la parte alta de las murallas, de 2 kilómetros de largo y 25 metros de alto.

 

Desde su altura se distingue el puerto, las calas cercanas  y, sobre todo, la resplandeciente fuerza del azul del mar. Y también parece muy interesante despedir el día disfrutando de la puesta del sol en una cafetería que tiene sus mesas dispersas sobre las rocas, entre la muralla y el mar.

Las islas están siempre presentes desde la costa. Al salir de Dubrovnik por la carretera litoral aparecen dibujadas las islas Elaphite, que forman parte de la postal aérea de la ciudad. Detrás de ellas, sobresale la isla de Mljet, declarada patrimonio nacional en 1960. Allí está la Cueva de Ulises, donde, según leyenda, se refugió el mito griego. Seguimos por la península de Peljesac, que se proyecta mar adentro hasta casi tocar Korčula, la capital de la isla con el mismo nombre. Se puede llegar a ella en quince minutos de barco. Vale la pena.

Korčula tiene un gran valor histórico. Fue fundada por los venecianos en el siglo IV y más tarde quedó bajo dominio genovés y después turco. Toda esta influencia histórica ha cincelado este lugar. Mantiene gran parte del trazado original de sus murallas medievales, resplandece la catedral de San Marcos, con tesoros escultóricos y pictóricos, el Palacio episcopal a su lado,  iglesias con cuadros renacentistas… la visita es un recorrido por este enorme legado artístico.

 

Una vista recomendada de Korčula es desde la colina de San Antonio: Desde allí se aprecia la forma de espina de pez de esta villa amurallada: una avenida central que la cruza de punta a punta de la que surgen, a cada lado, calles más estrechas, como si fueran espinas, que van a desembocar al mar. Pero de lo que más presume Korčula es de haber sido la cuna de Marco Polo, que según dicen nació allí en 1254. E incluso está localizada su casa. ¿Realidad o leyenda?

 

Para disfrutar de las playas de esta isla verde y rocosa, lo mejor es ir al sur. Según relatan, las piedras del fondo del agua reflejan la luz del sol con tanta fuerza que provocan matices esmeralda y turquesa en el mar. Es, sin duda, un gran atractivo estético.

Vela Luka es el puerto de la isla que está en la punta opuesta a Korkula. En una hora de transbordador se puede llegar a la isla de Hvar. Otra maravilla que nos reserva Croacia. Una isla de piedra caliza que aromatizan las matas de lavanda. La isla es pequeña pero cargadísima de historia. Paso de manos romanas a bizantinas y entre 1278 y 1797 quedó en manos venecianas, hasta que entró a formar parte del imperio Austrohúngaro.

 

Todo este trasiego histórico ha marcado huella cultural en la isla. La capital Hvar, que lleva el nombre de la misma isla, es un crisol patrimonial a cielo abierto. La torre de la iglesia de San Marcos despunta en uno de los extremos de la villa. La época veneciana fue la más prolífica cultural y artísticamente.

 

Su prosperidad comercial atrajo nobles, poetas, escultores, pintores que diseñaron o remodelaron templos o palacios como la catedral de San Esteban, la Logia, el palacio Paladini, la Torre del Reloj o la iglesia del Santo Espiritu. Enormes alicientes culturales para visitar la isla.

 

El norte de la isla guarda un lugar más tranquilo: Stari Gard, es la ciudad más antigua de Croacia fundada por los griegos en el año 384. Pero la villa de Hvar es más que su historia y patrimonio artístico. Se ha ganado el sobrenombre de la ‘Ibiza croata’, por sus elegantes restaurantes, clubs de moda y los impresionantes yates que atracan en su puerto. Todo este lujo contrasta con las aldeas del interior cuyo lujo particular son los campos de lavanda. En fin, todo este contraste es un incentivo para visitar la isla.

 

Otra isla con enorme encanto es la de Brac. Allí se levanta la montaña más alta de la costa dálmata, una cumbre de 780 metros que se eleva sobre un paisaje con aroma a salvia y lavanda. La gran calidad de su caliza blanca se convirtió en la cantera, de muchos monumentos croatas, y de ahí salieron las piedras blancas con las que se construyó el palacio de Diocleciano en la cercana Split. 

 

También por esta isla pasaron romanos, griegos, venecianos… pero hoy la isla de Brac es conocida turísticamente por playas paradisíacas como la de Zlatni Rat, que encanta a los windsurfistas, y es una de las postales más típicas de Croacia.

La ciudad está unida a la isla de Brac por un corto trayecto en transbordador. Split surgió dentro y alrededor del palacio del emperador Diocleciano. De gran interés cultural y turístico es ver cómo esta colosal arquitectura romana ha sido penetrada a lo largo de los años por el bullicio ciudadano. El palacio no es un monumento más, sino por su magnitud se ha convertido en un barrio que abarca la antigua residencia estival del emperador que en el siglo IV decretó la sangrienta persecución de los cristianos.

 

Del palacio quedan los sótanos, la estructura de murallas y algunas partes ilustres. Se ha convertido en un laberinto de calles estrechas, tiendas, bares, capillas que conviven con unas reliquias pétreas que jamás hubieran imaginado su destino a  lo largo de los siglos. Hoy el Peristilo, que era la solemne entrada a la zona sagrada del palacio de Diocleciano, se ha convertido en una plaza integrada en el centro de la ciudad.

Impresiona saber que todo el casco viejo está encajonado en el que fue una monumental obra romana.

 

Hoy Split es una síntesis de la historia del arte europeo. Mansiones renacentistas, claustros góticos, monasterios medievales, templos romanos reconvertidos en recintos cristianos. Y esta síntesis cultural e histórica se ejemplifica en la transformación del antiguo mausoleo de Diocleciano en catedral durante el siglo VIII, aunque su campanario original es del siglo XII, reconstruido a principios del XX. Se recomienda una visita al Museo de la Ciudad, en el palacio gótico de Papelic, para entender esta enorme amalgama cultural.

 

Pero Split no es solo belleza monumental, es también bullicio en su vida cotidiana. Para acabar el intenso día y asimilar esta avalancha de información histórica, la sugerencia es darse una vuelta por el barrio de pescadores, el Veli Varos, una visita imprescindible para degustar la tradicional gastronomía de la costa dálmata o un garbeo por la Riva, el cosmopolita paseo marítimo.

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A la salida de Split, la carretera, rumbo norte, se contornea siguiendo el perfil de la acantilada costa. Las poblaciones se estiran o se arremolinan sobre sí mismas para encajar entre las rocas y el mar.  Trogir es una pequeña ciudad que aparece por el camino. Está instalada sobre un islote unido a la costa por un puente. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997 por su extensa colección de arte románico y renacentista.

 

Está rodeada por una muralla de dos puertas. En su interior tiene placitas con tabernas, terrazas, patios emparrados, una catedral del siglo XII. Se recomienda visitar el mercado del pescado. Su largo paseo marítimo con bares y restaurantes es frecuentado en verano por el turismo más exclusivo.

 

Siguiendo el camino llegamos a Sibenik. La califican de auténtica joya. Esconde todo su encanto en su casco antiguo de origen medieval, con sus callejuelas laberínticas y empedradas, que fue enriquecido en pleno Renacimiento con palacios, una logia, iglesias y una catedral gótico- renacentista, que en 1991 fue maltratada por las bombas serbias, aunque gracias a la ayuda internacional, está de nuevo en pie. Desde el fuerte de Santa Ana se tienen unas vistas impresionantes.

 

A la salida de Sibenik, aparece la indicación hacia el interior, hacia el Parque Nacional Krka. Se puede visitar por carretera. Bosques, cascadas escalonadas, lagos formados por el río que lleva el mismo nombre y un monasterio del siglo XIV son sus atractivos. Seguro que vale la pena desviarse. Regresando hacia la costa se nos presentada otro fascinante Parque Nacional, el de Kornati, un archipiélago formado por 147 islas, muchas de ellas deshabitadas. Brillan bajo el sol, deslumbran y salpican el azul marino. Navegar entre ellas debe ser una experiencia deliciosa.

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Kilómetros al norte, llegamos a Zadar, una ciudad cargada de avatares históricos que merece una visita pausada. Un terremoto casi la despobló, los cruzados la arrasaron, los turcos la bombardearon, las tropas aliadas hicieron lo mismo en la Segunda Guerra Mundial cuando Zadar fue anexionada a la Italia fascista y durante la década de los 90 los serbios la sometieron a un asedio de meses con fuego de artillería que dejó huella en fachadas, igual que en Dubrovnik.

 

Pese a todo esto Zadar ha podido conservar una enorme riqueza monumental. Una riqueza que incluye iglesias, ejemplos del románico toscano, como la catedral de Santa Anastasia construido entre el siglo XII y XIII, restos del foro romano, presidido por la iglesia de San Donato del siglo IX, a imagen y semejanza de las capillas carolingeas.  La influencia veneciana se refleja en las fachadas de estuco coloreado de sus barrios viejos.

 

Pero Zadar es más que historia y monumentos. Su casco viejo está repleto de callejuelas y tabernas con ambiente de diversión. Y caminar por el paseo marítimo cuando el sol empieza su descenso no nos lo podemos perder si estamos en Zadar. Alfred Hitchcock dijo en una ocasión que esta ciudad tenía ‘la mejor puesta del sol del mundo’.  El arquitecto local Nikola Basic creó para la ciudad otro monumento: El ‘Organo del Mar’.

 

En el extremo norte del paseo marítimo,  locales y visitantes se reúnen para este órgano marino que dispara sus notas frenéticamente al ritmo del oleaje, provocado por barcazas y transbordadores, que penetra entre las grietas de las piedras del monumento. Y así, en esta comunión estética, se espera que el sol ponga fin al día. Una experiencia que si estamos en Zadar no nos podemos perder.

Creemos que vale la pena desviarse hacia el interior para visitar una maravilla natural como el Parque Nacional de Plitvice. Es el más visitado de Croacia. Uno de los parajes naturales más espectaculares de Europa e imán turístico. Dicen que Plitvice enamora. Es exuberancia de agua en un valle cubierto de hayas. Sus 16 lagos están conectados por cascadas y arroyos que han ido labrando la roca.

 

Un espectáculo mayúsculo que se puede disfrutar desde unas accesibles pasarelas y puentes de madera que recorren los lugares más impactantes del parque. Una sensación de caminar sobre el agua. Dicen que el fragor del agua al precipitarse sobre los aguas es uno de los grandes recuerdos del viaje a Croacia.

 

En fin, ésta es mi síntesis del esquema para un futuro viaje a la costa dálmata de Croacia. Estos proyectos siempre van en función de los intereses e ilusiones que uno tenga antes de viajar. Por eso tienen mucho de personal, pero pueden ser enriquecidos por otras ideas, por nuevas informaciones, sugerencias, por nuevas referencias y relatos. Estamos abiertos a vuestra colaboración y ayuda.

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