Enigmas

Nuestro primer contacto con la Pampa de Jumana, donde están concentrados las mayoría de los geoglifos, fue al atardecer. Habíamos pasado la mañana en la Reserva Natural de Paracas. Después de comer alquilamos un coche con chófer para ir a Nazca. Nuestro plan era pasar allí la noche y al día siguiente sumergirnos en el misterio que ya nos excitaba antes de salir de Barcelona: Las Líneas Nazca. Casi 200 kilómetros de carretera abrazados por llanuras yermas, pedregosas, salpicadas de dunas como jorobas de arena.

Paramos cuando faltaba poco para llegar a la ciudad. Bajamos del coche y entramos en un escenario cuyo fondo eran los últimos rayos de sol escondidos tras las montañas, cuyas aristas quedaban recortadas al contraluz. Se respiraba la aridez y el silencio sólo se rompía cuando pasaba un camión. Al acabar el gris del asfalto se abría una inmensidad negruzca, rugosa, de tonos rojizos-óxido, con pedruscos recortados por un clima hostil. La Pampa de Jumana se nos presentaba como inhóspita y salvaje, pero sabíamos que en sus entrañas guardaba un inmenso tesoro cultural que a ras de suelo no podíamos ver.

No muy lejos, una torre metálica de observación, tan sobria y sencilla que parecía un andamio,  nos permitió elevarnos algunos metros. La oscuridad estaba engullendo ya la pampa pero no impidió que viéramos los primeros dibujos que uñas gigantes parecían haber arañado sobre la negrura pedregosa. Aunque la altura de esta torre no ofrecía la mejor perspectiva, pudimos ver un árbol que mostraba sus raíces y dos manos, una de ellas con cinco dedos. La fascinación empezó a dispararse.

A las once de la mañana del día siguiente ya estábamos en el pequeño aeropuerto de donde despegan las avionetas que sobrevuelan la desértica llanura. Ni pizca de aire, sequedad, ni una nube en el cielo. Máxima emoción cuando el aparato empezó a coger velocidad en la pista y se elevó plácidamente sin que ninguna ráfaga ofreciera resistencia. Enseguida se nos abrió un océano gris pedregoso (según a qué horas, los ángulos oblicuos del sol le añade un tono rojizo) que en lugar de olas en movimiento tenía sólidos y estáticos cerros amesetados. El zumbido de las hélices acompañaba la calma de un desierto que parecía sin vida. Pero no, el piloto inclinó el aparato y desde nuestras ventanillas empezamos a ver la huella que había dejado una civilización muy lejana. Líneas que parecían no tener fin se cruzaban y se superponían con otras más cortas. Triángulos, trapecios perfectamente definidos, espirales… como si una mano gigante hubiera trazado una jeroglífico que no sabíamos descifrar.

Momentos después, la avioneta gira y desciende hacia la ladera de uno de los cerros. Unas enormes órbitas parecen mirarnos. Es una extraña figura antropomórfica, con una cabeza en forma de casco con ojos saltones y unos pies que parecen calzar botas. El Astronauta, nos dice el piloto. Los enigmas siempre alimentan a la imaginación. Y las pseudoteorías sobre la relación de aquella lejana cultura con extraterrestres encuentran abono en este dibujo. En cambio, poco tiene que ver con alienígenas la figura de la Ballena. Armónica y realista pese a sus 63 metros. El piloto, con alma de guía y mucha pericia, volvió a retorcer su nave para que pudiéramos contemplar el Mono. Perfectamente identificable. Forma equilibrada pese a sus casi cien metros de largo, con una enorme cola en forma de espiral, que invita a pensar que simboliza algo.

El Astronauta

Otro viraje de la avioneta y aparece bajo nuestra vista la Araña, un dibujo exquisito, estético, real. Un armonioso trazado pese a sus 46 metros de longitud. Aún no hemos salido de nuestro asombro, cuando nos elevamos por encima de la planicie de uno de aquellos cerros y aparece un diseño grabado en el suelo que si lo utilizáramos en la actualidad como logo de alguna marca comercial nos parecería incluso de vanguardia. Es un ave con pico largo y puntiagudo. Sus alas extendidas miden más de 70 metros y transmite sensación de movimiento y ligereza. Es el llamado Colibrí,  el diminuto pajarito ampliado a una escala gigantesca.

La avioneta descendió un poco y se inclinó ligeramente para que desde las ventanillas pudiéramos ver el Cóndor, otra joya cincelada sobre pedruscos grises que, en lugar de la delicadeza del Colibrí, transmite fuerza y velocidad. Poco después, nos sorprende la mirada fija del Papagayo desde el suelo, con su pico y cresta labrados sobre la pampa. Y volvemos a ver el Árbol y las Manos (esta vez desde la avioneta, con una perspectiva casi vertical y no oblicua y cercana como la del mirador metálico), dos dibujos que podrían ser piezas de arte conceptual contemporáneo: ¿Por qué una mano con sólo cuatro dedos? ¿Por qué un árbol mostrando ramas y raíces a la vez?

Las Manos

Pero desde las alturas también vimos cómo aquel lugar yermo, que hace más de dos mil años fue fecundado por una cultura de la que poco sabemos, recibió sin piedad el hachazo de la carretera Panamericana. El trazado del asfalto, que incluso llega a seccionar algunos dibujos, se muestra insensible, hasta irrespetuoso, con los lejanos antepasados. La carretera forma parte de la aridez de paisaje. Los dibujos Nazca le dan calidez, riqueza humana y cultural. Es el peaje de los tiempos. Un peaje que hay que aceptar. Sin carretera jamás habríamos llegado a este lugar fascinante. Impresionados aún  por el ‘art land’ que habíamos visto desde el avión, empezaron a bullir los interrogantes en nuestra cabeza: ¿Cuándo? ¿Quiénes? ¿Cómo? y ¿Para qué?

La primera noticia del lugar se remonta a 1551, cuando el cronista Pedro Cieza de León mencionó unas marcas en el valle de Nazca: ‘Por algunas partes de los arenales se ven señales para que atinen el camino que han de llevar’. Años más tarde, en 1586, el corregidor Luis de Monzón interpretó estas señales como caminos. Estas menciones quedaron a la sombra durante siglos, pero no en el olvido. En 1927, un arqueólogo peruano llamado Toribio Mejía Xespe, rescatando aquella lejana información, inspeccionó desde varios cerros la desolada extensión pedregosa. Desde allí descubrió, perfiladas por la luz rasante del sol antes de ponerse, el perfil de unas líneas asombrosamente rectas  que se entrecruzaban, que se perdían en la distancia, que a veces parecían delimitar superficies o conformar extraños dibujos. Aquel día se descubrieron las Líneas Nazca para la historia.

La Ballena

El furor especulativo se despertó a finales de la década de 1920 cuando empezaron a funcionar los vuelos comerciales entre Lima y la ciudad sureña de Arequipa. Aquellos dibujos gigantes grabados en la piel del desierto empezaron a popularizarse y a fascinar a antropólogos, arqueólogos, científicos… y también aficionados. Las interpretaciones del enigma empezaron a fluir.

Pero lo primero que hay que saber es cuándo surgió la cultura Nazca. Según cálculos de arqueólogos, los geoglifos  datan de entre el año 100 a.C. y 500 d.C., que coincide con su apogeo. ¿Quiénes eran? ¿Cómo vivían? Carecían de escritura y de tecnologías como la rueda. Su cultura desapareció ocho siglos antes del imperio inca, de modo que los españoles no pudieron recoger testimonios ni orales ni escritos. Podemos saber de ellos por sus cerámicas, sus tumbas, los restos humanos que se encuentran dentro de éstas y, desde luego,  por sus dibujos en el desierto. A juzgar por sus momias, eran de corta estatura, pómulos altos, nariz aguileña, ojos rasgados, cabello lacio y oscuro. Eran enormemente creativos con su cerámica.

Con sus finísimas pinturas se representaban como un pueblo pacífico con rituales que incluían danza, música y peregrinaciones (algo importante para analizar el significado de sus dibujos). Pero esto contrasta con su costumbre de coleccionar cabezas humanas. Por los hallazgos en las tumbas, las embalsamaban extrayendo el cerebro, las rellenaban de algodón, cosían sus bocas con espinas de pescado y practicaban un agujero en la coronilla para pasar una cuerda y llevarla colgando en un cinturón. Un dato curioso: el número de cabezas halladas parecen aumentar en épocas de carestía. Los científicos no han podido dilucidar si eran cabezas de enemigos vencidos o parientes sacrificados. Es probable que fueran amuletos que se emplearan en ritos relacionados con la lluvia (habrá que tenerlo también en cuenta para la interpretación de las líneas).

La cultura nazca surgió en la cuenca de varios ríos que, desde las montañas, se deslizan por el desierto de Nazca hacia el Pacífico. La mayoría están secos la mayor parte del año por la aridez extrema del lugar. En las estrechas y frágiles franjas de verdor, pequeños oasis fluviales, alimentados por la humedad de los cauces pero aprisionados por el negro-rojizo del desierto, apareció esta civilización esclava del agua. Combatieron la sequía permanente con un ingenioso sistema de regadío que aprovechaba las aguas del subsuelo. Perforaban pozos en partes más elevadas, los unían mediante túneles ligeramente inclinados y conducían las corrientes subterráneas hacia sus huertos. 

La Araña

Eran muy respetuosos con la fertilidad de sus tierras. En lugar de arar, plantaban las semillas cavando un hueco para cada una y así evitar al máximo la erosión del suelo. La necesidad de tener que vivir en uno de los lugares más áridos del mundo la convirtieron en la virtud de poder recoger productos como maíz, frijoles, yuca, calabaza o algodón en un rincón tan inhóspito. En una vida cruel y dependiente del agua parece razonable que la lluvia y la fertilidad fueran fundamentales en sus ritos religiosos. Tendremos que tener esto en cuenta en las hipótesis sobre el significado de las Líneas Nazca.

Pero antes del para qué vayamos al cómo se grabaron las Líneas Nazca sobre la reseca superficie del desierto. Dadas sus dimensiones los trabajos requirieron paciencia, tesón y también conocimientos básicos de geometría para que los dibujos, pese a sus  enormes dimensiones, parecieran proporcionados. La tarea era fatigosa pero no compleja. Los fragmentos de estacas que se han encontrado seguramente sostenían cordeles que marcaban ambos lados de la trayectoria de las líneas y servían de límites. El proceso siguiente era retirar de su interior los pedruscos, negruzcos y de rojo óxido, y apilarlos en los bordes en forma de montículos. Aparecía así un suelo mucho más claro, de tono amarillento calizo. Las sombras proyectadas por las piedras acumuladas en los bordes acentuaban las líneas y les daban relieve. La altura de estos pequeños muros laterales era de pocos centímetros, aunque en algunos casos llegaban al metro.

Para las formas poligonales como el trapecio el sistema de trabajo era el mismo: Delimitar los bordes e ir acumulando allí las piedras sobrantes del interior.  Arqueólogos calcularon que debían necesitar al menos 300 obreros y dos meses de trabajo para despejar de pedruscos los polígonos más grandes.

Trapecios

¿Y las espirales? Una explicación probable es que se trazaran con la ayuda de un ‘compás rudimentario’ consistente en un cordel enrollado en una estaca central. Al desenrollarlo,  un obrero iba trazando, con otra estaca, la espiral en el suelo. Luego se trazaba otra espiral dentro de la primera.  Por último se retiraban los guijarros de las líneas, se apilaban en los bondes para que dejaran al descubierto su fondo más claro.

¿Y los dibujos? Antes he mencionado los conocimientos de geometría que se les supone a los nasca. Seguramente utilizaron un sistema de cuadrículas hechas de madera y cordeles para diseñar sus figuras más complejas y luego las ampliaron a escala sobre el lienzo pedregoso siguiendo la misma técnica que en las líneas: ‘Dibujar’ (agigantando las proporciones del modelo respetando la escala), extraer las piedras negruzcas y rojizas del interior de los trazos y depositarlas en los costados para que asomara el fondo más claro libre de oxidación.

Los arqueólogos creen que el trazado y el mantenimiento de las líneas eran actividades comunitarias, incluso se comparó a la construcción de una catedral. Fue necesaria una gran capacidad organizativa y una entrega devota. Un proyecto de tal envergadura debía tener un propósito solemne. Llegamos a la pregunta clave: ¿para qué aquella civilización trazó líneas, espirales, trapecios y figuras sobre la piel del desierto?

La primera hipótesis científica la formuló el antropólogo estadounidense Paul Kosok en 1941. Observó en el solsticio de invierno que el sol se ponía exactamente en la dirección de una de las líneas. ¿Por qué aquel entramado de rayas, formas geométricas y dibujos no era un calendario astronómico para ayudar a los agricultores en la siembra y cosecha? Observó aquella pampa como ‘el libro de astronomía más grande del mundo’  en el que los trazos sobre el suelo desértico tenían la intención de señalar eventos astronómicos en el horizonte. Hacer un seguimiento de la posición del sol, la luna y las estrellas habría permitido predecir  cuándo los ríos tendrían más agua. Una gran ayuda para los agricultores.

Aquí entra en escena un personaje clave en el estudio y conservación de las Líneas Nazca: la alemana Maria Reiche. Nacida en Dresde en 1903, con una amplia formación universitaria, especialmente en matemáticas, y dominio de cinco idiomas, decidió dar un giro radical a su vida en los convulsos tiempos en los que se estaba incubando el ascenso de Hitler al poder: Emigró en 1932 a Perú para ejercer de institutriz del cónsul alemán en Cuzco. Siete años después, cuando trabajaba como profesora en Lima conoció ‘unos’ dibujos sobre la pampa de Nazca, que sólo se veían desde arriba, traduciendo artículos de Kosok. Sintió fascinación y consiguió convertirse en su ayudante.

Cuando el antropólogo estadounidense abandonó el país, ella se puso al frente de la investigación. Le dedicó el resto de su vida. Ciencia y pasión. Continuando la tesis de que las líneas representaban un calendario astronómico, recorrió el desierto haciendo mediciones, reproduciendo en papel, y a proporción, las líneas y dibujos del suelo. Con ayuda del Instituto de Cartografía Peruano  pudo realizar fotografías desde el aire, aunque tuviera que atarse al exterior del helicóptero con la cámara en la mano. No sólo se dedicó al estudio de las líneas sino también a su  limpieza y conservación. Se mudó a una choza  sin luz ni agua corriente para estar cerca del lugar que la apasionaba. Los lugareños la llamaban ‘bruja’ al verla escoba en mano barriendo tramos de las líneas, haciendo mediciones y ahuyentando todoterrenos y saqueadores que amenazaban las líneas. Incluso llegó a contratar vigilantes con sus escasos recursos. Con tesón inquebrantable fue relacionando los trazos y dibujos con un calendario astronómico que iba marcando los solsticios y los cambios del clima para planificar la siembra y las cosechas.

Papagayo

Relacionó la espiral de la cola del Mono con la Osa mayor y señaló que, si alguien se colocaba en la cabeza de la figura del Flamenco las mañanas del 20 al 23 de junio y seguía con la mirada la dirección que marcaba el pico, podría observar la salida del sol tras unos cerros. Su mentalidad matemática le llevó a afirmar esto sobre las líneas: ‘Tenemos aquí un testimonio a gran escala y único del primer despertar de las ciencias exactas en la evolución de la humanidad, esfuerzo gigantesco  de la mente primitiva que se refleja en la grandeza de su ejecución en la pampa’. En 1949 publicó su primer artículo sobre los geoglifos y en 1974 creó el primer mapa. Su perseverancia en la investigación y su lucha para proteger el legado aquella cultura consiguieron que en 1994 las Líneas Nazca fueran declaradas Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Marie Reiche falleció el 8 de junio de 1998 en Lima. Fue enterrada en la ciudad de Nazca cerca de las líneas a las que entregó la vida. Recibió todo tipo de reconocimientos, aquella ‘bruja’ se había convertido en la ‘dama de la pampa’. El aeródromo donde despegan las avionetas para ver esta maravilla cultural lleva su nombre. Su vida mezcla de ciencia, épica y romanticismo dejó para la posteridad su interpretación de aquella pampa como un correlato de la bóveda celeste.

Pero los avances de la ciencia fueron emborronando la teoría del calendario astronómico gigante. La labor de documentación de Reiche logró un reconocimiento pero había trabajado con métodos muy básicos y pocos recursos. En 1969, el astrónomo británico Gerald Hawkings, célebre por sus estudios  sobre la alineación astronómica de Stonehenge, analizó las líneas por computadora y demostró que sólo un 20% de éstas podían asociarse  a algún fenómeno celeste. Se descartaba la teoría del calendario y se abrían paso las que sugerían una función religiosa de los geoglifos. El hallazgo de montículos de piedras, pequeñas plataformas, con restos de posibles ofrendas como huesos, trozos de cerámica o conchas refuerzan esta idea. Especialmente estas últimas, ya que muchos pueblos andinos asocian el mar a las lluvias y manantiales.

El Cóndor

En 1988 el antropólogo estadounidense Johan Reinhard señaló que las espirales y zigzag formaban parte de los cultos relacionados con el agua en Sudamérica. Su teoría era que las líneas no señalaban al firmamento sino a las montañas cercanas donde brotan los manantiales que llenan los cauces secos de los ríos. No eran líneas para ser vistas, sino para ser recorridas ritualmente. Las figuras anchas como los trapecios o rectángulos serían lugares de reunión de fieles para hacer ofrendas. Y los dibujos formarían parte de este culto. La Araña simbolizaría la fertilidad; el colibrí y el mono, zonas húmedas de Perú donde se localizan; la Ballena y los peces, el mar; el Cóndor, la ave que viene de las cumbres nevadas que van a fundirse precipitando el agua. La adoración a los montes cercanos que entraña esta teoría se relaciona con el culto inca a las cumbres que, según el antropólogo, pudo tener antecedentes en la cultura nasca. El punto débil es el riesgo de extrapolar creencias incas a una civilización que se extinguió 800 años antes. De todos modos, la opinión de que las líneas se concibieron para recorrerlas durante los rituales ha ido ganando adeptos.

La antropóloga peruana Maria Rostworowski aventuró la hipótesis de que los nascas no pretendían rendir culto a las montañas, sino al dios Kon, una divinidad sin huesos capaz de volar. El cronista Agustín de Zárate recogió el mito de una persona sin huesos, que se levantaba por encima de las montañas, que creó a los indios que allí había, pero luego se enojó con ellos y los castigó convirtiendo sus tierras en desiertos y mandó que no lloviese allí. El dios volador explicaría que los geoglifos se hubieran diseñado para ser contemplados desde las alturas.

Para la mitología nasca (también para la paracas, la civilización que le precedió)  el dios Kon surcaría los cielos y aparecería en cierta época del año, al inicio de la época de lluvias. Los sacerdotes, para aplacar su ira,  recorrerían, en procesión con los fieles, las líneas y celebrarían  ceremonias, ritos, ofrendas y sacrificios en los espacios más anchos como los trapecios. En lugar de templos, los nazca trazarían los geoglifos gigantes para comunicarse con el dios que les observaba desde las alturas. Un culto a la divinidad. Los dibujos podrían estar relacionados con las peticiones que le harían. Por ejemplo, el Árbol que mostraba sus raíces podría implorar para que llegara la lluvia y la Araña, rogar por unas tierras fértiles.

El Árbol

El agua también es la protagonista de la tesis del investigador  norteamericano David Johnson. Según ésta, las líneas serían para marcar puntos de la pampa donde habría acuíferos, los triángulos apuntarían a ríos subterráneos y los dibujos marcarían el cambio de rumbo de las corrientes. En 2003, tras cinco años de estudios hidrológicos, se desestimó la tesis. No se encontró relación significativa entre los geoglifos y el agua subterránea.

Las líneas Nazca, no sólo centran el interés de antropólogos, arqueólogos o investigadores. También algunos osados se han atrevido a dar teorías sin ningún rigor científico. En 1968 el escritor suizo Erich von Däniken publicó la novela ‘Recuerdos del futuro’ en la que aseguraba que en el pasado el hombre había tenido contacto con los extraterrestes. Se popularizó entonces su teoría de que los trapecios de la pampa de Nazca era pistas de aterrizaje para sus aeronaves y los dibujos, una manera de comunicarse con ellos. La tesis tenía ni pies ni cabeza, pero, eso sí, el libro fue un éxito de ventas y una gran campaña de marketing para las Líneas Nazca.

No menos atrevido fue el periodista estadounidense Jim Woodman que, convencido de que los nascas sobrevolaban sus dibujos, fabricó en 1975 un globo aerostático con materiales accesibles a aquella cultura. Alzó el vuelo unos pocos minutos, pero es difícil imaginar a los nasca en globo. La tesis llamó la atención más por ser ocurrente que por creíble.

El alemán Georg A. von Breuning lanzó una curiosa teoría según la cual las líneas habrían sido trazadas para ser utilizadas como pistas de carreras en juegos de carácter religioso, como los mayas se enfrentaban  en juegos de pelota. Es difícil imaginar a un atleta corriendo por una espiral.

La magia de las Líneas Nazca alimenta el rigor científico, pero invita también al juego de las adivinanzas. Es la grandeza de los enigmas que siempre empujan a buscar respuestas… aunque no se encuentren.

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