Viajar antes de Viajar

Estambul

JOSEP PRATS

Estambul desprende magia. Una ciudad inmemorial, capital de tres imperios (romano, bizantino y otomano), entre dos continentes, Europa y Asia, y dos mares, el de Mármara y el Mar Negro. Una ciudad de casi 15 millones de habitantes en la que se citan lo más liberal y lo más conservador. Llena de contrastes, de luz, colores y olores. Una capital maravillosamente caótica, en la que puedes regatear en un bazar como si vivieras siglos atrás y también pasear por la cosmopolita avenida Istiklal repleta de tiendas de moda, restaurantes de fusión o clubs nocturnos. Hay que dejarse invadir por una ciudad donde el oriente se encuentra con el occidente.

“Su grandioso pasado la ha convertido en un museo al aire libre, en una continua lección de historia. Es una ciudad en la que sus habitantes miran el futuro con el orgullo del pasado”

Saborear cada rincón, dejarse perder por barrios, por callejuelas, dejarse empapar por un ambiente que a ciertas horas del día acompaña la llamada a la oración del muecín desde el minarete. Su grandioso pasado la ha convertido en un museo al aire libre, en una continua lección de historia. Es una ciudad en la que sus habitantes miran el futuro con el orgullo del pasado. Se atribuye a Napoleón una frase que describe a este lugar único: ‘Si el mundo fuera sólo un país, Estambul sería su capital”. Y podríamos añadir: Muy occidental para ser oriental y muy asiática para ser europea. Esta es su grandeza.

Todo viaje tiene un motivo,

un por qué escogemos un lugar.

En mi caso los sintetizo en tres

Mis porqués

Su grandioso patrimonio artístico

nos hará regresar al esplendor de aquellos tiempos en los que el hombre creó maravillas como los mosaicos bizantinos, levantó imponentes basílicas como Santa Sofía o desparramó su maravillosa creatividad en el diseño de mezquitas y en los azulejos que ornamentan sus paredes interiores.

Podremos dejarnos atrapar por la brisa del Bósforo

a bordo de una embarcación que pasa por debajo de sus puentes, contemplar las villas suntuosas (las que aparecen en las películas) recostadas en sus orillas, convivir con el trasiego comercial sobre sus aguas o disfrutar de un rojizo atardecer desde el crucero.

Podremos regatear en un bazar

saborear un té rojo, servido en un vaso con forma de tulipán, o probar el raki (un fuerte licor anisado) en una terraza con vistas a la ciudad, disfrutar de una delicia turca como el lokum (un dulce gelatinoso) y acabar el intenso día relajándonos con un tradicional masaje turco en un hammam.

La silueta de Santa Sofía recorta imponente el cielo de Estambul desde hace 1.500 años. Nació como basílica el año 523 en tiempos del emperador Justiniano, acogió la coronación de los emperadores bizantinos y en 1453 se convirtió en mezquita tras la conquista de Constantinopla por el Imperio otomano. Lleva escrita la historia en sus muros.

Su exterior, de tintes rosados, austero y poco espectacular cobija un grandioso interior. Su enorme cúpula de 30 metros de diámetro parece suspendida mágicamente sin soporte alguno. Sus 40 ventanales dejan penetrar luz exterior difusa que regala una atmósfera cálida.  La Puerta Imperial da acceso a la gran nave, una majestuosa zona flanqueada por 107 columnas monolíticas de mármol de distintos colores.

La mejor forma de observar la grandiosidad de esta maravilla arquitectónica es desde la galería superior, en forma de herradura. En su zona sur, está la Sala de la Deesis, que conserva un precioso mosaico de una humilde virgen María y San Juan Bautista mirando a Cristo e implorando perdón. Desde esta galería superior podemos disfrutar de la vista de una de las joyas del arte bizantino: El mosaico de la Virgen y el Niño Jesús que domina el ábside.

Santa Sofía no ha tenido una ‘vida’ fácil. Ha sufrido sacudidas naturales de dos terremotos, pero también ha sufrido las iras de iconoclastas y, sobre todo, el saqueo por parte de cruzados cristianos en 1204 que profanaron la basílica como si fuera un templo pagano. Contrariamente, cuando el sultán Mehmet II tomó Constantinopla en 1453 quedó maravillado ante su magnificencia y ordenó su conversión en mezquita sin dañar su estructura original ni su maravillosa decoración.

Taparon sus mosaicos, sin destrozarlos (de ahí que se hayan conservado tan bien), y respetaron el estilo de la edificación al levantar los cuatro minaretes. Pero sus siglos como mezquita son visibles por todas partes: El minbar de mármol (donde predica el imán); la enorme lámpara de araña, que parece flotar sobre el suelo; los ocho medallones gigantes que cuelgan de la segunda galería, con los nombres de Alá, de Mahoma, de los cuatro primeros califas y los dos nietos del profeta, o la ornamentada fuente de abluciones al lado de la entrada.

Desde los ventanales de la segunda galería de Santa Sofía habremos gozado ya de la impresionante vista de la cascada de cúpulas y semicúpulas, flanqueadas por seis minaretes, de la Mezquita Azul. Al otro lado de plaza Sultanahmet, separada por unos jardines, emerge esta mezquita como si quisiera enfrentarse a la grandeza de la maravilla arquitectónica bizantina. Su construcción fue el sueño obsesivo del sultán Ahmed I.Aunque no eran buenos tiempos para su imperio (perdió gran parte del Cáucaso en sus contiendas con los persas) no escatimó en recursos.

Como no iba a pasar a la historia por sus hazañas en el campo de batalla, quiso hacerlo con una obra sublime. Los trabajos se iniciaron en 1609 y terminaron siete años después. Los costos fueron enormes pero el resultado maravilloso. Bajo su monumental cúpula de 23 metros de diámetro y 43 de altura se abre un océano de 21.043 azulejos traídos de Iznik,  (taller de cerámica de Anatolia que ya abasteció a los arquitectos bizantinos) que colorean de azul el interior y reciben luz de las 250 vidrieras, alineadas en cinco niveles, que fueron fabricadas en Venecia y lucen incrustaciones de piedras preciosas. Se respira en su interior una atmósfera turquesa y celeste. De ahí le viene la fama y el nombre de Azul que se le da a la mezquita.

Si prestamos atención veremos cómo los azulejos van complicando su diseño según ascienden por los muros. Intrincadas formas geométricas o combinaciones de flores se encaraman hasta perderse en el cielo de las cúpulas. Las lámparas de araña que cuelgan desde el techo añaden luminosidad a esta orfebrería de cerámica. En los muros de la mezquita los versículos del Corán se persiguen en una estilizada caligrafía. Mientras, el mihrab, donde se sitúa el Corán y se orienta a La Meca, luce con mármol esculpido, rodeado de ventanas e incrustaciones de cerámica.

Hay que recordar que la Mezquita Azul, sigue funcionando como tal, es decir, no se puede visitar en horas de rezo (cinco veces al día). Hay que entrar descalzo y las mujeres cubrirse. Una recomendación: Si accedemos por el patio donde está la fuente de abluciones y miramos hacia arriba, veremos que las cúpulas montadas a diferentes alturas dirigen la mirada hacia donde confluyen los seis minaretes.

Muy cerca de Santa Sofía, sobre una colina se levanta el Palacio de Topkapi, un sublime delirio arquitectónico de los sultanes en sus tiempos de esplendor. Cuatro siglos de poder (1465-1853) concentrados en esta maravilla. El palacio está estructurado en torno cuatro bellísimos patios. El primero es público. Con la entrada en la mano, podemos acceder al segundo patio por la Puerta de la Paz o del Saludo, flanqueada por dos torres.  A la derecha de este patio están las Cocinas de Palacio, que se pueden identificar por la hilera de chimeneas. En ellas se expone una maravillosa muestra de porcelana de Extremo Oriente.

En el siglo XVI, Solimán el Magnífico mandó añadir el Harén, un palacio dentro del palacio, espacio reservado a las esposas, concubinas y madre del sultán. Hay que pagar un tiquet extra para visitarlo, pero vale la pena entrar en un lugar que estuvo prohibido durante cuatro siglos. Deslumbran sus habitaciones maravillosamente decoradas: Azulejos, alfombras, mosaicos, vidrieras, celosías… todo una explosión de color y luz. El Patio de los Eunucos guarda en su interior la importancia de unos personajes castrados que administraban el harén.  Aunque no podían participar físicamente en el desenfreno de aquel lugar, sí instigaron conspiraciones en un mundo en el que cientos de mujeres luchaban para lograr o mantener un status y poder.

La  Puerta de la Felicidad da acceso al tercer patio. Enseguida encontraremos la Biblioteca de Ahmet III. Este lugar guarda manuscritos sobre religión, leyes e historia, escritos en árabe, persa, turco u otras lenguas del imperio. A la izquierda de la Biblioteca están las Salas de la Custodia Sagrada, uno de los lugares más fascinantes. Contiene alguna de las reliquias más importantes del mundo islámico como un diente de Mahoma o una de sus espadas. La estrella de la sala, protegida por un cristal, es el manto del profeta. En el lado este del patio se encuentra el Tesoro Imperial. Alberga una impresionante colección de diamantes, esmeraldas y piezas de oro.

El cuarto patio era un espacio privado para el sultán y su familia. Repleto de vegetación y quioscos, goza de maravillosas vistas. La Sala de la Circuncisión luce con personalidad propia. Está decorada con azulejos inspirados en la tradición china, cuyos dibujos recuerdan los jarrones de la dinastía Ming. El soleado interior ilumina los colores azules y blancos de las cerámicas que seguro escucharon los llantos de los jovencitos durante el ritual de la circuncisión.

Otro de los grandes atractivos de la zona de Sultanahmet es la Cisterna Basílica, también conocida por ‘Palacio sumergido’. Es una monumental cisterna de agua construida en tiempos de Justiniano (527-565) en el subterráneo de una basílica de la que no queda nada. Su objetivo era tener reservas de agua en caso de ataques o sitios. Podemos descender a este fascinante abismo subterráneo. Un silencio húmedo recibe al visitante.

Unas pasarelas abren camino entre un bosque de columnas goteando, algunas lisas, otras decoradas, que sostienen la monumental bóveda. Tenues luces invaden de misticismo estas profundidades. En uno de los extremos de la Cisterna aparecen, colocadas al revés, dos enormes cabezas de Medusa (el ser que según la mitología convertía en piedra a todo aquel que lo mirara) sosteniendo dos grandes pilares. Al ser imágenes paganas rescatadas de épocas anteriores, su única función era servir de pedestales.

Muy cerca, junto a la Mezquita Azul, los baldosines que ahora pisan turistas, guías o vendedores de ambulantes hace siglos estaban cubiertos de arena con huellas de cascos de caballos. Allí Constantino el Grande levantó en el año 324 d.C. un monumental Hipódromo. Durante más de mil años fue centro de diversión con competiciones de cuádrigas, lidia de fieras, fiestas con bailes y acrobacias o celebración de grandes victorias. De aquellos tiempos de esplendor queda el Obelisco Egipcio, de 20 metros de altura, que fue traído de Luxor y muestra jeroglíficos del faraón Tutmosis.

También está en pie los restos de la Columna Serpentina (un poco eclipsada por el obelisco) que el emperador Constantino mandó trasladar del templo de Apolo en Delfos a Constantinopla. Se conserva el tronco de la columna con tres serpientes enroscadas, pero no sus cabezas, que la culminaban formando un trípode que soportaba un trofeo de oro dedicado a Apolo.

En la actualidad, una de estas cabezas se conserva en el museo arqueológico de Estambul y las otras fueron robadas. La entrada a este monumental recinto estaba presidida por una inmensa estatua de cobre de un auriga tirando de cuatro caballos. Tras el saqueo de 1204 durante la Cuarta Cruzada esta monumental escultura fue llevada a Venecia y ahora adorna la fachada de la basílica de San Marcos.

Un paseo por esta zona es un ejercicio para regresar a un pasado esplendoroso y hacer volar nuestra imaginación (la película de Ben-Hur nos ayudará) hacia aquellos tiempos en que las cuadrigas hacían temblar el recinto que estamos pisando.

Sumergirse en su laberinto de calles cubiertas es fascinante. Es como una ciudad, con restaurantes, bancos, su propia policía, oficina de correos, dos hamams  e incluso una mezquita. Este bullicioso mundo se estructura por ‘barrios’ donde venden productos similares como alfombras, ropa, piel, telas, cerámicas o antigüedades. En el centro de este gigantesco recinto encontraremos  el Sandal Bedesten y el Cevahir Bedesten, espacios con bóvedas de ladrillo donde se reúnen desde siempre las tiendas de productos más valiosos: joyas, oro, plata, relojes, iconos, monedas antiguas, relojes…

Son lugares de compra y venta. Se dice que bajo sus techos abovedados dos toneladas de oro cambian cada día de manos. Olores a prendas de piel, de jabón, de café, de té rojo y aromático o de especias, envueltos en una amalgama de voces, acompañarán nuestra búsqueda de recuerdos. Los precios no son fijos hay que pactarlos con el vendedor. Unos consejos para regatear: No sea el primero en proponer un precio, el que ponga el vendedor debe servir de guía; no muestre un gran entusiasmo en la compra porque el vendedor le propondrá un precio más alto; responda con un precio que sea la mitad de lo que está dispuesto a pagar; suba el precio poco a poco, la cantidad final debería llegar como mucho a la mitad de la propuesta por el vendedor; no tenga miedo a marcharse de la tienda, si el vendedor está dispuesto a rebajar más le seguirá; sobre todo, sea educado y agradable.

Al salir del Gran Bazar podemos dejarnos perder por un laberinto de calles repletas de tiendas, un mercado popular donde se vende de todo. Inmersos en este entorno que atrapa, podemos llegar callejeando a la Mezquita de Süleymaniye (1558). En lo alto de una colina es visible desde casi todos los puntos de la ciudad. Más auténtica y menos turística que la Mezquita Azul. El sultán Soliman el Magnífico quiso inmortalizarse no sólo por sus conquistas sino también por esta obra colosal y a la vez contenida.

Vale la pena que le dediquemos un tiempo. Se accede por un monumental patio rodeado por un peristilo con columnas de mármol y granito. El interior es majestuoso pero no abruma.  La planta central bajo su enorme cúpula recuerda Santa Sofía: también parece flotar, no da sensación de pesadez y sus ventanas también dejan penetrar una luz difusa. Los azulejos de Iznik  y el mármol blanco del mhirab y el mimbar trasmiten equilibrio estético. En un jardín exterior Soleiman descansa en un mausoleo junto a su gran obra. Desde uno de sus patios podemos ver cómo el Bósforo, atravesado por su gran puente, se estira hacia el horizonte.

Desde aquí podemos descender a la zona de Eminönü un lugar bullicioso junto al mar, donde encontraremos el Bazar Egipcio o de las Especias. Vale la pena darse un paseo bajo su estructura abovedada y dejarse invadir por los colores y olores: hierbas, mezclas medicinales,  copos de pimienta roja picante, cúrcuma de color amarillo, hojas parra en conserva, higos maduros, azafrán y un larguísimo etcétera. A su lado, la Mezquita Nueva proyecta una inmensa sombra sobre las bóvedas del bazar. Tanto en materiales como en decoración no puede rivalizar con otras grandes mezquitas. Sin embargo es muy popular y reúne a multitud de gente a las horas de rezo.

Muy cerca, otra pequeña mezquita, la de Rüstem Pasa, de planta octogonal, puede rivalizar en belleza con otras mucho más grandes. Vale la pena caminar unos minutos para visitarla. Su interior es precioso (dicen que es la más bonita de Estambul). Los mejores artesanos del taller de Iznik pintaron a mano los azulejos, resaltando los azules y los tonos rojo oscuro.

Como es un recinto pequeño, podremos acercarnos a estos azulejos y observar su belleza de muy cerca.

Una joya escondida es la Iglesia de San Salvador de Chora. Está situada lejos del centro (de hecho Chora significa ‘fuera de la ciudad’).  Se construyó entre 1316 y 1321 en la parte exterior de las antiguas murallas de Bizancio. La Iglesia esconde en su interior frescos y mosaicos bizantinos considerados como los más espectaculares del mundo. Cuando se convirtió en mezquita no fueron destruidos sino tapados con yeso. En 1948 empezó la restauración y diez años después se convirtió en museo. Ahora podemos admirar soberbios mosaicos como los del Cristo Pantocrátor, la Resurrección, la infancia de Jesús, la vida de la Virgen María o frescos de santos y mártires.  Saldremos deslumbrados.

Llega el momento de pasar de la antigua a la nueva Estambul. El Puente de Gálata nos abre el camino hacia el distrito de Beyoglu por encima de las aguas del Cuerno de Oro, el estuario que griegos, romanos, bizantinos y otomanos utilizaron como puerto natural. Atravesarlo con calma al atardecer, envueltos en la luz rojiza del sol, con las siluetas de cúpulas y minaretes de fondo, con el canto del muecín en las sirenas de las barcazas y frente a la Torre de la Doncella, que emerge del mar envuelta en leyendas y rodeada por un séquito de gaviotas, es una experiencia inolvidable. A ambos lados del puente, pacientes pescadores tienden sus cañas, mientras de su nivel inferior sube el sabroso olor de los restaurantes que sirven deliciosos platos de pescado fresco.

La Torre Galata emerge como si fuera el centinela de Beyoglu.  Pasado el puente llegamos a ésta por calles adoquinadas algo empinadas. Es obligado subir a su mirador desde donde se obtiene una de las mejores vistas de la ciudad.

Beyoglu es un distrito efervescente, cargado de vida, refugio de artistas, repleto de cafés, restaurantes de fusión, anticuarios, galerías de arte o tiendas de música. En los lujosos hoteles de la zona recalaba la aristocracia europea que llegaba en el Orient Express. En las habitaciones del Hotel Pera Palace (1895) durmieron ilustres como Agatha Christie, Mata Hari, Alfred Hitchcock o Ernest Hemingway.

Llegaremos a la avenida Istiklal, una gran arteria comercial flanqueada de comercios, tiendas de moda, restaurantes instalados en edificios que mezclan el estilo otomano y el modernista, mezquitas, galerías de arte, tiendas vintage o locales de ocio. Allí el viajero despierta de la nostalgia otomana de la zona de Sultanahmet y lo lanza a la realidad de una ciudad de 15 millones de habitantes con más sabor europeo que asiático. Un nostálgico tranvía recorre esta avenida hasta la plaza Taksim, el corazón de la moderna Estambul. Es el lugar favorito para las celebraciones sociales y políticas… y también para las manifestaciones.

Sólo a cinco minutos de esta zona cosmopolita y cargada de vida llegaremos al bulevard  Tarlabasi, una vía de seis carriles que sirve de frontera  para entrar en un barrio deprimido, con mucha pobreza, suciedad, marginal y peligroso. Allí es donde se rodó la serie turca ‘Mujer’. Caminar por sus calles empinadas, llenas de basura, con personajes sombríos y bajo ropas tendidas de balcón a balcón es una experiencia que nos colocará en el escenario de la serie. Eso sí, hay que tomar precauciones y, por supuesto, no ir de noche. La mayoría de sus residentes son kurdos que conviven con gitanos e inmigrantes subsaharianos que esperan la oportunidad de entrar en Europa a través de la frontera con Grecia.

Muchas de las familias viven de la recogida de residuos y reciclan todo lo encuentran tirado por la calle. Veremos gente que hace comida a la brasa en la calle, ancianas kurdas que venden ropa de segunda mano, llamativas mujeres en las esquinas, hombres sin trabajo sentados en la acera sobre un taburete. E incluso podemos encontrarnos con alguna bronca callejera. Veremos casas dañadas por el paso de los años y la falta mantenimiento. Oiremos gritos y ‘oleremos’ sordidez. Algunos pisos, además de destartalados no tienen ni cocina ni agua caliente. Podemos encontrar la casa de Bahar, la protagonista de ‘Mujer’ en Palesenk Sokagi, una calle que desemboca en el bulevard. Pisaremos el mismo adoquinado destartalado, subiremos las mismas cuestas que ella y sus hijos. Nuestras fotos serán el testimonio del otro Estambul.

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