Viajar antes de Viajar

Copenhague

JOSEP PRATS

Dinamarca siempre ha tenido la connotación de un país de cuento, seguramente por la influencia de Hans Christian Andersen. Pero también sus leyendas vikingas ejercen el magnetismo de todas las grandes epopeyas y localizar sus vestigios es un enorme atractivo para el visitante. Su diseño geográfico lo componen la península de Jutlandia, anclada al continente por la frontera con Alemania, y más de 400 islas, sólo 80 de ellas habitadas. Las dos mayores son Fionia y Selandia, donde se ubica la capital, Copenhague.

“Edificios, palacios, iglesias, con pináculos de preciosos y casi imposibles diseños, representan su impresionante oferta cultural, histórica y arquitectónica”

La primera referencia que tenemos de la capital es que se trata de una ciudad con enorme encanto, amable, dinámica, moderna pero con fuertes raíces en su historia. Calles adoquinadas y pintorescas para regresar al pasado. Edificios, palacios, iglesias, con pináculos de preciosos y casi imposibles diseños, representan su impresionante oferta cultural, histórica y arquitectónica, que se combina con construcciones de diseño vanguardista, canales que enamoran y el verde de sus parques y jardines que contribuyen a la sostenibilidad de una ciudad que rezuma calidad de vida.

Todo viaje tiene un motivo,

un por qué escogemos un lugar.

En mi caso los sintetizo en tres

Mis porqués

Sumergirse en la vida de una capital

considerada de las más felices del mundo, recorrerla a pie o en bicicleta, sentarse en alguno de los locales de Nyhavn, hacer pic-nic en uno de sus muchos parques, contemplar la ciudad desde los canales, pasar una tarde en el Parque de atracciones Tívoli o dejarse acariciar por la brisa mirando la grandeza de la pequeña Sirenita.

Disfrutar de una ciudad

en la que conviven historia y modernidad. Dejarse penetrar por el sabor medieval de algún rincón y por el esplendor de edificios renacentistas, visitar regios palacios, deslumbrarse con joyas arquitectónicas como la Opera y el Diamante Negro o subirse a torres como las del Ayuntamiento.

Visitar el palacio de Christiansborg

que guarda tesoros de la monarquía pero es a la vez el motor de la sólida democracia danesa. El contraste está al otro lado del canal. Christiania es un mundo aparte, experimental, que se declaró independiente y nos traslada a la utopía hippy de los 70.

Un mundo distinto dentro de la capital. En pleno centro, es el lugar ideal para comenzar el recorrido por los lugares más emblemáticos de Copenhague. En 1843, un oficial llamado George Carstensen, que había regresado de la Italia romántica, convenció al rey Christian VIII para que creara un espacio de recreo en la ciudad. Le dijo al monarca: “cuando el pueblo se divierte no piensa en política”. Esta frase en unos tiempos convulsos fue el origen de uno de los lugares favoritos para los habitantes de la ciudad.  Carstensen le puso el nombre de Tívoli, porque había quedado maravillado de los jardines que había visto en la ciudad cercana a Roma.

 

Desde los últimos años del siglo XIX hasta ahora, los Jardines y Parque de atracciones Tívoli han sabido mantener su aura de fantasía y diversión, combinando su esencia original con las atracciones más modernas. La prueba más contundente de su atractivo, son los más de cuatro millones de visitantes que tiene al año. Es ideal pasear por los jardines en familia. Allí puedes cruzarte con la Guardia del Tívoli, un grupo de jóvenes de hasta 16 años que marchan a ritmo de tambores, con casacas rojas y altos sombreros negros, emulando a la Guardia Real. Otro gran atractivo es el Teatro de la Pantomima, único en el mundo, con shows de pantomima y ballet en diversos escenarios del parque.

 

Una pagoda china, que en su interior tiene un restaurante con comida de aquel país, una enorme fragata en un lago artificial con otro restaurante en su interior y un palacio estilo árabe imprimen al parque una personalidad evocadora y universal. Pero el plato fuerte son las atracciones. Para todas las edades. Tiovivos y carruseles… con cierto aire nostálgico. Y para los que buscan subidón de adrenalina y desafiar al vértigo, les esperan las montañas rusas y el Daemonen, con increíble bucles, de más de 500 metros de recorrido, una altura de 28 metros y que alcanza casi los 80 km. hora.

 

El parque está abierto de abril a septiembre, cuando se puede disfrutar de conciertos al aire libre y espectáculos pirotécnicos al anochecer. Pero si visitas Copenhague en diciembre, podrás acercarte al Tívoli, no para disfrutar de las atracciones, sino para sumergirte en el mundo mágico de su Mercado Navideño, uno de los más bonitos de Europa, con una decoración y luces de ensueño. Cuando abandonemos el parque seguro que nos entrará cierta nostalgia, sobre todo cuando miremos hacia atrás, hacia la preciosa arquitectura de la puerta principal, que se conserva prácticamente igual a la que se construyó a finales del siglo XIX y recordemos la escultura de Georg Cartensen, creador del Tivoli, junto a esta puerta. Nos invadirá una sensación de regreso al pasado.

Muy cerca del parque Tívoli encontramos el centro neurálgico, el lugar de encuentros multitudinarios, celebraciones, manifestaciones, el punto desde donde se miden las distancias en la capital: La plaza del Ayuntamiento, la Radhuspladsen.

 

El edificio consistorial se distingue por su color ladrillo y la torre del reloj. Fue diseñado por el arquitecto Nyrop y parece inspirado en el Ayuntamiento de Siena. En la fachada descansa la escultura dorada del que se dice fue fundador de Copenhague: el obispo guerrero Absalon, que en el ayuntamiento aparece vestido de religioso, pero en otras esculturas de la ciudad aparece con armadura y a lomos de un caballo. El hall es la estancia más amplia e importante. Se utiliza para actos protocolarios y culturales, y está decorado con pinturas, frescos y bustos de personajes relevantes como el propio arquitecto Nyrop.

 

Pero la joya del Ayuntamiento es el llamado ‘Reloj Mundial’, diseñado por Jens Olsen. Estuvo trabajando más de 30 años en su diseño. Funciona desde 1955, cuando el rey Federico IX le dio cuerda por primera vez. Es un complejísimo sistema capaz de señalar la hora local y la solar, franjas horarias,  la salida y la puesta de sol, la rotación de los planetas, los eclipses de sol y luna… Una maravilla imperdible.

 

Para culminar la visita al Ayuntamiento, la recomendación es subir a lo alto de la torre, de 100 metros de altura que se alcanzan subiendo 300 peldaños. Gozaremos de una majestuosa panorámica que nos permitirá ver desde arriba los jardines Tivoli, canales, pináculos de iglesias, tejados y la retícula del entramado de calles entorno al Ayuntamiento.

 

De regreso a la plaza, nos encontramos con dos edificios muy diferentes, que le dan personalidad: El clásico Palace Hotel, también con una torre, pero no tan alta como la del consistorio, y el Industriens Hus, acristalado, que ofrece según a qué horas magníficos reflejos, y es la sede de la Confederación de industriales daneses. Para completar nuestra visita a la Radhuspladsen nos acercaremos a la Fuente  del Dragón, esculpida en bronce a comienzos del siglo XX, que representa  este animal luchando contra un toro y otros monstruos de la mitología nórdica.

 

A continuación buscaremos una columna coronada por la figura de dos músicos vikingos tocando el lur, un tipo de cuerno, instrumento utilizado por los pueblos escandinavos en la Edad Media. Y no nos olvidemos de la Vejrpigerne, o la ‘chica del tiempo’, en la torre de Rishshuset, una escultura dorada que rotaba según el tiempo: Si iba a llover salía con paraguas, si iba a hacer sol, aparecía en bici. Ahora no funciona, pero las dos figuras pueden verse.

 

No podemos abandonar la plaza del Ayuntamiento sin despedirnos de la estatua del escritor de cuentos Hans Christian Andersen. Está un poco camuflada en una esquina pero se merece nuestro homenaje, un gesto casi obligado para el visitante.

Si la plaza del Ayuntamiento es el corazón, la calle Stroget es la arteria que marca el pulso de la ciudad. En total, poco más de un kilómetro, la longitud comercial más larga de Europa. Enlaza la plaza del consistorio con otra plaza ilustre, la de Kongens Nytorv. Toda la zona es peatonal.

Una forma diferente de conocer el alma de Copenhague es zambullirse en el bullicio de Stroget, el lugar donde la frialdad nórdica se convierte en calidez latina: Mucho ambiente, cafeterías, terrazas acogedoras… en fin ‘vidilla’.

 

Aquí es el lugar ideal para hacer compras. Hay para todos los bolsillos. Grandes firmas de lujo como Louis Vuitton, Gucci o Emporio Armani, pero también centros comerciales pequeños, tiendas de souvenirs, postales,  recuerdos e incluso comercio de gangas.

 

Pero en esta histórica vía no todo son compras y bullicio. Hay auténticos tesoros artísticos que disfrutar a cada paso. En la plaza Gammeltorv, la plaza de mercado más antigua de Copenhague, encontramos una fuente renacentista en forma de cáliz, la Fuente de la Caridad, que representa a una mujer embarazada, con un niño en brazos y otro en la mano, como símbolo de la caridad y misericordia. En la contigua plaza Nytorv lucen los insignes edificios de la banca y los tribunales. Es recomendable caminar guía en mano e irse desviando por las callejuelas y plazoletas que esconden edificios e iglesias que son auténticos tesoros sumergidos en la atmósfera popular, para volver a la arteria principal. Y no podemos pasar de largo la Tienda Lego.  Está en la calle Vimmelskafet 37. Para niños y mayores.

 

Más adelante, la vía Stroget se abre a la plaza Amagertrov, antiguo lugar donde ganaderos y agricultores iban a vender sus productos. Sobre un precioso pavimento de piedras pentagonales de granito en cinco colores emerge la preciosa Fuente de las Cigüeñas, de finales del siglo XIX, con un cuenco de bronce en la parte superior que derrama el agua a través de un pedestal en cuya parte central tres cigüeñas esculpidas parecen a punto de volar. La plaza está abrazada por edificios nobles como la Casa Mathias Hansen.

 

Construida en el siglo XVII, de estilo renacentista, fachada con ladrillo rojo, techo de cobre y decoraciones de piedra caliza. Las restauraciones la hacen lucir como en sus inicios para que albergue lo que podríamos denominar la ‘tienda de las tiendas’ de Stroget, la Royal Copenhague, donde venden las míticas porcelanas danesas.

 

La última parte de este trayecto urbano desemboca en la soberbia plaza Kogens Nytorv, la más grande de la ciudad.  Fue trazada en 1670 por el rey Christian V. En el centro mandó levantar su propia estatua ecuestre, inspirada en la de Luis XIII, que preside la Plaza de los Vosgues en Paris. La figura ecuestre está enmarcada por unos jardines en forma elíptica. La plaza está adoquinada y rodeada por árboles. La regia estatua ecuestre está rodeada por nobles edificios: El Palacio Charlottenborg (siglo XVII), ahora Academia Real de Bellas Artes; el Palacio Thott (1646), sede de la actual embajada francesa; Teatro Real (siglo XIX); Hotel D’Anglaterre (1775) o Magasin du Nord, un edificio de seis plantas que es el centro comercial más grande de Escandinavia. Es para Copenhague lo que Harrods es para Londres.

En un extremo de la elegante plaza Kogens Nytorv se abre el viejo puerto, que nos ofrece la imagen más cálida de la ciudad. Palpita a todas horas, allí convergen turistas y locales, un lugar que aúna historia, gastronomía, ocio y vida nocturna.

 

Este puerto lo mandó construir el rey Christian V en el siglo XVII. El objetivo era abrir un brazo de mar para que las embarcaciones penetraran hacia el centro de la ciudad y crear así una zona donde se agilizaran los negocios que llegaban por vía marítima.

 

No es difícil imaginar el entorno que antaño tenía el puerto: almacenes y tinglados descuidados, pensiones lúgubres para los marineros, cervecerías, pubs y locales de prostitutas. Un lugar poco recomendable para los ajenos a este ambiente. Aunque, eso sí, con el suficiente magnetismo y ambiente bohemio como para atraer a Christian Andersen que vivió buena parte de su vida en los números 18, 20 y 67 de este barrio. Y allí escribió alguno de sus cuentos más célebres.

 

Con el tiempo, el aumento del tráfico marino y el tamaño de las embarcaciones convirtieron en vetusto e inservible el puerto pero no su decorado.  Los colores de aquellas fachadas descuidadas ahora resplandecen con nuevo maquillaje y lo que siglos atrás eran ‘antros’, ahora son restaurantes, tiendas, cafeterías, viviendas limpias y cuidadas.

 

El cambio cosmético no ha hecho perder a Nyhavn su atmósfera romántica. Integrado en la ciudad, es ahora un lugar seguro para pasear y disfrutar de sus locales de ocio. Este canal alegre y festivo tiene, sin embargo, en su inicio,  la esquina adyacente a la plaza Kongens Nytorv, un lugar solemne: El Ancla Memorial. Es un homenaje a los casi 2.000 marineros daneses que murieron en la Segunda Guerra Mundial.

 

Otra de las cosas que podemos hacer en Nyhavn, si el tiempo lo permite ya que en invierno algunas veces el agua se congela, es realizar un paseo en una embarcación por los canales. Lo mejor es escoger el recorrido más completo. Así podremos recibir desde el agua el impacto de dos maravillas arquitectónicas de vanguardia: La Ópera y el Diamante Negro.

 

El primero aparece como un gigante de titanio, cristal y piedra, una obra futurista que para algunos tiene aspecto de concha gigante y para otros de nave espacial. Está ubicado en el islote de Holmen (un islote artificial abierto por dos brazos de agua laterales de 17 metros de anchura)  y emerge imponente frente a los palacios de Amalienborg y la Iglesia de Mármol, que están al otro lado del canal, en una perspectiva monumental fantástica.

 

Para los que quieran visitar la Opera hay tours guiados en inglés. Vale la pena, el interior también es majestuoso. Son 41.000 metros cuadrados. El colosal edificio tiene 14 plantas, 5 de ellas subterráneas. Otra monumental maravilla de diseño que disfrutaremos en nuestro paseo por el canal de Inderhavnen (el brazo acuático que divide la ciudad en dos) es el Diamante Negro. Lo reconoceremos ya desde lejos por sus dos cubos trapezoidales negros que se inclinan ligeramente. A medida que nos acercamos se hace más imponente. Cuando estamos delante, el negro y brillante granito pulido de los cubos refleja las ondulaciones del agua y las nubes del cielo.

 

Este hito vanguardista fue diseñado por el estudio Schmidt Hammer Lassen. El objetivo no era sólo su estética sino también su funcionalidad. El Diamante Negro fue construido en 1999, como una extensión de la histórica Biblioteca Real, que mantiene su sede central en el antiguo edificio de piedra contiguo. Tiene un auditorio de 600 personas para conciertos, representaciones teatrales, conferencias o eventos literarios. Alberga también el Museo Nacional de Fotografía y de Dibujos Animados, y una sala de exposiciones con manuscritos de célebres escritores como Christian Andersen o el filósofo Soren Kierkeggard, ediciones originales y partituras también manuscritas.

 

De regreso a Nyhavn, después de disfrutar de  la ‘versión marítima’ de la ciudad, con joyas como la Opera y el Diamante Negro, pero también muelles, cúpulas, pináculos, palacios, canales, La Sirenita, desde un ángulo diferente, seguimos nuestro recorrido.

Sólo 15 minutos separan los palacios de Amalienborg de la pequeña gran joya de Copenhague. En el parque Langeline, junto al puerto, descansa sobre una roca de granito con mirada lánguida hacia el Báltico. Es un homenaje al escritor de cuentos Hans Christian Andersen. La idea surgió de Carl Jakobsen, hijo del fundador de la marca de cervezas danesa Carlsberg, coleccionista de arte y filántropo. Cuentan que un día acudió al Real Teatro Danés a ver la representación de La Sirenita y quedó prendado de Ellen Prince, la bailarina protagonista. Decidió en aquel mismo momento inmortalizar en una escultura tanto al personaje del cuento como a la artista. El elegido para este encargo fue Eduard Eriksen, un escultor joven, pero ya con obras reconocidas.

 

La bailarina, por sentido del pudor, accedió a ofrecer su rostro pero no a posar desnuda para el artista, que recurrió a su esposa, que era su modelo habitual, para moldear el cuerpo. De ahí nació una obra de exquisita sensibilidad. Una anatomía fina, delicada, pequeña, de apenas 1,25 metros de altura, proporcionada, un rostro con expresión lánguida, entre la felicidad y la tristeza, mirada perdida hacia el mar, una belleza serena y de imagen liviana pese a los 180 kilos que pesa el cobre sobre el que se moldeó esta obra universal. El mejor homenaje que Eriksen podía ofrecer a Andersen era transmitir, como en su cuento, los sentimientos de una sirena que se enamoró de un príncipe al que rescató en medio de una tempestad y que, por él, renunció a su mundo, a su condición de sirena e incluso a su propia existencia. El artista cinceló esta metamorfosis, el momento en que las nuevas piernas asoman bajo la cola de pez.

 

Desde 1913, cuando fue inaugurada, la figura de bronce descansa sobre una roca a orillas del Báltico. Desde entonces la Den Lille Havfrue, como la llaman en Copenhague, es el monumento más visitado de Dinamarca. El lado negativo de esta popularidad universal es la multitud que se aglomera a su alrededor, que se acerca, la tocan, se hacen fotos y selfies. Un tumulto que le resta encanto.

 

Con el tiempo La Sirenita se ha convertido en mucho más que el homenaje a un escritor y a uno de sus obras más ilustres. La figura de cobre también ha sufrido dolor como en el cuento. Con los años, su relevancia simbólica ha ido creciendo y alejándose de su significado original para convertirse en un espacio para reivindicación social, política o, simplemente, para las gamberradas. La Sirenita asegura impacto mediático mundial.

 

Desde que salió del cuento y pasó a convertirse en estatua de bronce su vida no ha dejado de ser azarosa, expuesta a toda clase de daños más o menos graves, en algunos casos de carácter reivindicativo, con un gran impacto mediático. Pero allí, en el muelle de Langeline, sigue impertérrita (se conservan los moldes originales que han servido para reconstruirla cuando ha sufrido daños) recibiendo millones de visitantes. Es la demostración de lo grande que puede ser lo pequeño.

Una visita de obligado cumplimiento. Desde la arteria peatonal de Stroget podemos llegar andando, al islote de Slotsholmen. Un pedazo de tierra rodeado de brazos de agua y ‘habitado’ por majestuosos edificios. Christiansborg es el más monumental. El poder en Dinamarca se proyecta desde esta maravilla neobarroca.

 

La convulsa historia de Christiansborg se escribe con letras en llamas. El edificio de Christian VI levantado en 1740 fue violentamente arrasado por un incendio en 1794. La maldición no acabó allí: Frederik VI reconstruyó el palacio en 1828, pero años después, en 1884, el fuego volvió a devorar la noble construcción.

 

Desde el interior de esta monumental arquitectura ahora emana una de las democracias más sólidas de Europa: Alberga el Parlamento, el Tribunal Supremo y el Gabinete del primer Ministro, donde se reúne el Gobierno. Es el único edificio de Europa que reúne bajo sus techos los tres poderes.

 

La presencia de la Monarquía, aunque muy respetada, parece decorativa. Una visita guiada nos hará un recorrido por los fastuosos recintos con aroma aristocrática en contraste con el Parlamento, la ‘sala de máquinas’ de la democracia, con la que comparte techo. Resumen de los lugares más destacados: Salón del Trono, lugar donde la reina recibe a sus invitados, con un balcón que se utiliza para la proclamación de los monarcas; El Gran Salón, de 40 metros de largo y 10 de altura, con piso de mármol y frescos en las paredes; La Sala de Terciopelo, una lujosa sala para banquetes de la familia real; La Biblioteca de la Reina, una gran colección de libros que se ordenan en casi tres kilómetros de estantería; El Salón Alexander, cuyo atractivo es un precioso friso de mármol obra del escultor danés Bertel Thorvadsen ; La Escalera del Rey, una reliquia histórica, el acceso más aristocrático a las salas de recepción.

 

Se pueden visitar también las Caballerizas Reales (sobrevivieron a los incendios), que albergan carruajes de época y los caballos de la Guardia Real; la Cocina y la Capilla de Palacio; el Teatro de la Corte (donde Andersen fue a la escuela de ballet) y, debajo los muros del actual palacio, podemos ver las ruinas de los primeros castillos, como si el pasado sustentara el presente.

 

Un presente en el que el Parlamento articula la vida política danesa. Para no quedarse en el pasado que simbolizan las estancias reales, es recomendable una visita guiada al Folketinget (así se llama la cámara parlamentaria) y si coincide con una sesión, mejor. La visita al Palacio de Christiansborg debe completarse ascendiendo a la torre. La entrada es gratuita. Mide más de 100 metros de altura, la más alta de la ciudad. Se accede por ascensor pero hay que tener paciencia.

 

Pero en el islote de Slotsholmen hay otros atractivos históricos. En el Thorvaldsens Museum podemos admirar las bellezas cinceladas por el escultor más venerado de Dinamarca; en el Museo Judío se puede aprender sobre una parte poco conocida de la sociedad danesa; en la Biblioteca Real podemos sumergirnos en un inmenso mundo cultural que alberga el antiguo edificio de 1906 y su vanguardista extensión, el Diamante Negro que ya nos impactó cuando lo vimos desde el canal.

 

Y no podemos abandonar Slotsholmen sin admirar y fotografiar el viejo edificio de la Bolsa, que Christian IV mandó construir en 1618 para convertir Copenhague en metrópoli comercial. Su pináculo, de 55 metros de altura, formado por cuatro colas de dragones entrelazadas, es otro los símbolos distintivos de la ciudad. Este antiguo edificio es ahora la Cámara de Comercio. Una pena que no se pueda visitar

Si atravesamos el canal Inderhavnen, que divide la ciudad en dos, llegamos a Christianshav, un barrio que técnicamente es Copenhague, pero con una personalidad propia. Evoca Amsterdam con sus canales, cafés al aire libre y una cierta actitud alternativa. El rey Christian IV se inspiró para su diseño precisamente en los pueblos holandeses que abren sus canales al mar. Es una de las zonas más hermosas y románticas de la ciudad.

 

Durante gran parte del siglo XX fue zona industrial, barrio de clase obrera, pero a partir de 1990 se convirtió en zona de moda, diversa, animada, con modernos complejos de viviendas y alguno de los mejores restaurantes de Copenhague con sublime cocina nórdica. Burgueses, profesionales liberales, artistas o bohemios, en una mezcla ecléctica, han ido recuperando desde entonces las antiguas casas que se asoman a los canales.

 

Pero en la zona de Christianshavn palpita una burbuja social que hinchó la utopía hippy de los años 70: El barrio de Christiania. Un mundo aparte. Un contraste brutal con el resto de la ciudad. Por esto genera tanta curiosidad al visitante. Todo empezó cuando las tropas del ejército abandonaron la zona. Familias y colectivos que buscaban otro estilo de vida, lugares para que sus hijos tuvieran espacio y libertad, autoabastecerse, convivir fuera de las leyes del gobierno, autogobernarse, no pagar impuestos… dicidieron okupar el lugar para hacer realidad sus ideales para un nuevo mundo

 

Esto provocó un gran conflicto con la autoridad municipal. En 1976 después de muchos tiras y aflojas se aceptó a Christiania como un experimento social y se proclamó a sí misma como independiente no sólo de Dinamarca sino de Europa. Incluso diseñó su propia bandera: Roja con tres topos amarillos en el centro.

 

El experimento tenía fecha de caducidad pero han pasado los años y Christiania sigue viva y además se ha convertido en reclamo alternativo para el turista. No se puede visitar en grupo guiado, hay que ir por libre. Para entrar se atraviesa un sencillo arco de madera y de inmediato aparece el cartel con las prohibiciones: No armas; no coches privados; no moteros; no venta de objetos robados, no venta de fuegos artificiales; no venta de drogas duras…

 

… Porque las blandas, la marihuana y el hachis sí están permitidas. Si se respetan estas normas no hay peligro alguno. En este barrio/comuna las viviendas nunca se cierran, no creen en la propiedad privada. El lema: Vivir es compartir. Las viviendas ni se venden ni se alquilan. Y por supuesto no se paga impuesto de inmueble. Pero si una persona está más de seis meses fuera la pierde. Para que otra pueda ocuparla tiene que explicar a los responsables (elegidos por los residentes del barrio) por qué quieren vivir allí y sus intenciones. Ellos decidirán si les dejan.

 

Podemos hacer fotos pero con discreción y pedir permiso si hay alguna persona. Pero cuando estemos en Pusher Street mejor que guardemos cámaras y móviles. Allí es donde se vende la droga que llaman blanda en una especie de mercadillo donde exponen la mercancía. Aunque siempre puede merodear algún camello con material de más calibre. La policía no tiene autoridad en la zona, pero sí puede actuar en caso de emergencia.

 

En nuestro paseo por la zona encontraremos comercios para comprar artesanía, objetos de recuerdo y cafeterías donde sirven comida orgánica y cerveza genuina de Christiania. Todo es más barato… porque aquí no se pagan impuestos ni se usan tarjetas de crédito. Es un mundo de 1.000 personas, que cuida cada vecino, y las decisiones las toma la comunidad en asamblea.

 

Después de conocer Christiania por dentro, acabaremos de asimilar su significado cuando a la salida leamos la inscripción en la parte superior del arco de madera que marca su frontera: ‘You are now entering to UE’. No podemos abandonar Christianshavn sin antes subir al mirador de la Iglesia San Salvador. No es el más conocido para los turistas, pero si el preferido de los habitantes locales.

 

La torre es otro de los emblemas de la ciudad. Subir hasta lo alto es toda una experiencia. Son 400 peldaños que ascienden en espiral. Hay que estar preparado físicamente pero sobre todo no tener vértigo: los 150 últimos peldaños se hacen por el exterior y sólo una barandilla dorada nos separa del vacío. En 2007 fue elegido el mirador con mejores vistas de Copenhague.

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