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Volare oh oh

Olivia Oporto

Siempre me ha gustado viajar, desde bien pequeña. Soy consciente de que se trata de una pasión cuidadosamente inculcada por mi padre, una persona extraordinaria, inigualable a la que me faltarían adjetivos para describir como merece, y que me decía cosas tan inteligentes como esta: “prefiero pagarte un viaje a Paris que darte dinero para la discoteca”, y yo que era muy obediente pues me iba a Paris y a donde hiciera falta.

Viajar, por tanto, es un verbo que he conjugado de maravilla desde bien pequeña. Disfrutando de viajes familiares, de fin de curso, con amigos, en pareja, sola,.. sin importarme el medio en cada caso: en tren, coche, avión, barco, últimamente en moto (experiencia “adictiva” donde las haya), y confieso que de todos los medios de transporte el que no consigo amar intensamente es el avión.

Mi primer viaje largo (larguísimo!) en avión fue en los 80 cuando volé por primera vez a Nueva York en un aparato que aún hoy me pregunto cómo se aguantaba en el aire y que tuvo que parar en las Islas Azores a repostar combustible. Parece impensable si lo recuerdo ahora, pero así fue. En esos momentos y en plena adolescencia, (cuando la vida no es otra cosa que una aventura divertida), hasta le encontré la gracia a tener que aterrizar solo para repostar. Por suerte para el vuelo de regreso el avión ya era otra cosa, y no tenía nada que ver con el “pájaro de papel” de la ida, éste era un imponente Boeing 747 bautizado con el nombre de Lope de Vega y que sólo un mes antes había traído de regreso a España nada más ni nada menos que el Guernica de Picasso. En su momento y mientras volábamos de regreso no lo sabíamos, pero como esos días las televisiones inundaban las noticias con todo lo relacionado con la efemérides fue muy fácil enterarnos de que habíamos volado en un avión histórico.

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Desde los 80 hasta ahora he volado en todo tipo de aparatos, y hasta tuve mi momento “super VIP” disfrutando de un vuelo privado Barcelona – Torino gracias a unos amigos que trabajaban para una importante firma italiana. La verdad es que entiendo que a la gente le guste el lujo y la comodidad que eso representa. En este caso también nos tocó parar a repostar, pero sinceramente yo hubiera estado volando dos o tres días seguidos y repostando en todos los aeropuertos de Europa si hubiera hecho falta. Seguía siendo una adolescente alocada para quien las turbulencias eran algo así como los “loopings” de una increíble montaña rusa aérea.

En cualquier caso, y muchos años después, sigo sin amar el transporte aéreo aunque siempre recordaré que el mejor vuelo de mi vida fue un Nueva York – Seattle en el cual por azares del destino, y por la falta de asientos contiguos, acabé volando lejos de mi acompañante junto a un amable señor americano de mediana edad.

Mientras el aparato se alzaba en el aire supongo que el amable señor detectó que yo no era la persona más serena del mundo en aquellos momentos y muy educadamente se dirigió a mí para decirme “este ruido es el habitual del motor en los momentos de despegue, no se debe preocupar”…..yo le dediqué mi mejor sonrisa de circunstancias y seguí arañando el reposabrazos del asiento un buen rato.

Como el amable señor se dio cuenta de que su compañera de vuelo no estaba disfrutando del viaje me dijo lo siguiente “yo he trabajado en la construcción de esta aeronave”. Le miré con bastante asombro y entonces me explicó que trabajaba para Boeing, cuya sede efectivamente está en la localidad de Everett en Seattle a unos 40 kms a las afueras de la ciudad. En ese momento todo cambió para mi, le miré intensamente a los ojos como si tuviera ante mí la representación terrenal de un ser llegado de otra dimensión y me pasé el vuelo disfrutando de su conversación. Fue maravilloso como me fue explicando uno a uno todos los ruidos grandes y pequeños del avión en vuelo, y como consiguió que mi miedo inicial se convirtiera en curiosidad y ganas de aprender. Por primera vez en años conseguí degustar la horrenda comida servida durante el vuelo sin sentir el estómago a la altura de la garganta. Me lo estaba pasando tan bien que hasta el horrendo roast-beef de plástico (entonces aún comía carne o similares!) me supo como el plato más refinado de la “nouvelle cuisine”.

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Fue sin lugar a dudas un vuelo que recordaré siempre, lo disfruté tanto que tuve que resistirme a pedir al amable señor sus datos de contacto para que me acompañara de por vida en todos los aviones que esperaba seguir cogiendo. En aquellos tiempos en los que internet casi parecía ciencia-ficción uno se tenía que dar el teléfono o la dirección de casa..o del trabajo!!!, cuantas buenas amistades se han quedado en el camino por esas dificultades de conexión.

Evidentemente durante mi estancia en Seattle dediqué un día entero a disfrutar de una visita a la mega fábrica de Boeing en Everett. Un lugar tan inmenso que no podías dejar de sorprenderte a cada segundo, una edificación tan tremendamente grande que incluía canchas de basket para los ratos de descanso del personal. Una fábrica tan perfectamente organizada, tan cuidada, tan imponente, de la que salías con la sensación de que nunca más tendrías miedo a volar.

Con la visita a esa fábrica se cumplió uno de los sueños de mi más añorado y llorado compañero de viaje, la persona que junto a mi padre contribuyó a inculcarme aún más la pasión por los viajes y con la que compartí la mayoría de las grandes aventuras de las que iré hablando en los próximos posts. Ni el uno ni el otro están ya conmigo, pero sé que animándome a descubrir el mundo hicieron que mi vida haya sido, y esté siendo de verdad, un viaje único.

Sobre el autor

Olivia Oporto

Olivia Oporto

Me encanta viajar, siempre me ha gustado. Los viajes me han regalado momentos inolvidables, grandes amistades, grandes amores, recuerdos imborrables, sensaciones y emociones que me acompañarán siempre y que me han dado una perspectiva de la vida completamente diferente. He aprendido mucho de personas a las que nunca hubiera conocido y que con su presencia han marcado mi vida para siempre. Gran parte de esas personas encontradas en tres años de vida y viajes por Italia. Tengo muchos viajes soñados, destinos a los que espero volar algún día, pero el lugar al que me gustaría volver una y mil veces es al oeste de Canadá, donde hace muchos, muchos años deje una parte de mi corazón entre sus lagos infinitos y sus majestuosas montañas, y donde espero regresar algún día… quien sabe si para siempre.

2 Comentarios

  • ¡Uff Olivia!, el último párrafo me deja casi sin aliento, pues sé a que te refieres y estoy completamente de acuerdo contigo.
    Pero ahora vamos al inicio y ese maravilloso título “Volare, oh, oh” es otra de mis debilidades, así que he seguido leyendo y “te jure” que he volado contigo. Que estupendo relato de las sensaciones que se sienten allá cerca del cielo. A los que siempre nos queda un viaje pendiente, volar y volar para acercarnos a nuestros sueños es a la vez impresión (las mariposas en el estómago son apabullantes) y expectación hasta que llegamos a destino y ponemos pié a tierra para disfrutar de algo mágico “VIAJAR POR EL MUNDO”.
    Espero con impaciencia tu siguiente relato. Besazo.

  • Me encantan tus artículos Olivia, perderse en tus palabras en sin duda un viaje inolvidable!!!! Nos haces volar y eres muy afortunada de haber podido recorrer lugares tan maravillosos con grandes compañeros de viaje. Gracias por compartirlo!

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