Destinos

Tras los pasos del comisario Montalbano

Casa di Montalbano
Recorriendo los escenarios sicilianos en los que el comisario Montalbano, el protagonista de las novelas de Camilleri, ejerce su particular lucha contra el mal

D esde el balcón de mi habitación, en el piso más elevado de un pequeño hotel en Ragusa Ibla, veía los tejados envejecidos que empezaban a iluminarse con una luz dorada que decoraba también las faldas boscosas de la montaña de enfrente, más allá del valle seco. Apenas eran las siete de la mañana, pero el día de finales de invierno empezaba ya con fuerza en ese pequeño rincón del sureste de Sicilia.
Me vestí, desayuné y salí a la calle, con el paso decidido y repitiéndose en mi cabeza la banda sonora inicial, con vistas aéreas incluidas similares a las que acababa de ver, de la serie de televisión Comisario Montalbano, rodadas en la región. De hecho, había venido a Sicilia justamente para conocer la Ruta Montalbano, un conjunto de localizaciones unidas por el hecho de que figuran en la serie de TV o en los libros en la que se inspiró y que definen los lugares en los que actúa e investiga crímenes el comisario Salvo Montalbano, el entrañable policía que inventó Andrea Camilleri inspirándose en su amigo, el catalán Manuel Vázquez Montalbán, el creador de Pepe Carvalho.
Me había leído algunas de de sus más de veinte novelas publicadas, y creía conocer los métodos de investigación de Montalbano. Los pensaba utilizar no para estudiar un crimen, sino para desvelar un misterio: ¿Qué tenía de especial esa Ruta Montalbano para que mereciera viajar a Sicilia?

Comisario Montalbano: Ragusa Ibla

Amanece en Ragusa Ibla

Empecé a andar por la Via del Mercato, esperando llegar pronto a la plaza principal de Ragusa, pero no tardé en ser interceptado por una señora de una cincuentena que me interpeló desde su tienda, cinco metros por encima de mi cabeza, en la empinada escalera que se dirigía hacia el Palazzo Sortino Trono, un edificio barroco de finales del siglo XVIII que fue la primera muestra de la riqueza nobiliaria de la región que reconocí. La tienda se encontraba en la base del palacio, justo frente a la verja de hierro que le daba acceso. La mujer me esperaba fuera.
–Venga. Quiero enseñarle algo –me dijo sin demasiada ceremonia. Entré en la tienda, pequeña y de techo bajo. Estaba en los sótanos del palacio, posiblemente una antigua habitación para el almacenaje de mercancías, ahora trocado en taller de costura.
La mujer se llamaba Maria Guastella y era la última de las costureras de Ragusa que realizaba la complicada técnica del sfilato siciliano sobre tela. Pequeña, nerviosa y siempre con una sonrisa, Maria me enseñó algunos ejemplos de su arte, que se remontaba al siglo XIV y que se estaba extinguiendo en Sicilia.
–Aquí en Ragusa intentamos recuperarlo para que no se pierda. Es un trabajo muy pesado y laborioso, que demanda mucha paciencia.
El sfilato decora telas recortando algunos de los hilos en cuadrados para reforzarlos y ornamentarlos con bordados según una técnica muy complicada y totalmente manual. Me enseñó un babero para bebé, una de las piezas más pequeñas, que tenía un par de flores como toda decoración:
–Para hacer esta pieza se tardan tres días enteros. Tenemos un grupo de mujeres, todas jovencitas como yo –sonrió irónica–, que vienen a aprender cada día en nuestra tienda, y lo que producen lo ponemos a la venta para que los visitantes puedan llevarse a casa una muestra del arte siciliano.
Mientras hablaba, me imaginaba el grupo de mujeres en esa pequeña sala que me estaba enseñando, hablando entre hilaturas sobre los chismorreos de la calle, comentando los escándalos del momento o lamentándose de los decesos que se anunciaban con carteles pegados en las paredes. Supongo que, influenciado por las películas de El Padrino y las fotografías de Letizia Battaglia, me las imaginaba vestidas totalmente de negro, como viudas permanentes, pero pronto me daría cuenta de que toda esa niebla de prejuicios, todos esos estereotipos de la mafia, se disolvían bajo el sol de la Sicilia moderna. El mismo empeño de la señora Maria en conservar la tradición del sfilato era una muestra de que los tiempos estaban cambiando, y que la Sicilia de antaño iba modificándose.

Comisario Montalbano: Catedral di San Giorgio de Ragusa

Catedral di San Giorgio de Ragusa

A veces, era la propia naturaleza la que actuaba como cambio. Me di cuenta de ello frente al portal de la antigua iglesia de San Giorgio Vecchio de Ibla. El portal, con sus arcos y un altorrelieve en la luneta que representaba a San Jorge matando al dragón, había sido construido en estilo gótico catalán, puesto que en esos años Sicilia formaba parte del reino de Aragón con capital en Barcelona. Incluso se podían ver todavía el par de águilas que pertenecían al emblema del Reino de Sicilia, iniciado en 1282 con Pere III el Gran. De esa iglesia, sin embargo, el portal y el altar eran lo único que persistía. Y eran los únicos elementos góticos que se podían ver en toda Ragusa, una ciudad mayoritariamente construida en estilo barroco. ¿Cuál era la razón de esa singularidad? A Salvo Montalbano le hubiera gustado el reto de buscar la solución al enigma, pero lo hubiera tenido tan fácil como yo. Un cartel indicaba lo que había pasado: en 1693 un terrible terremoto sacudió todo el sureste de Sicilia. Varias ciudades de Val di Noto como Ragusa, Modica, Scicli y otras próximas quedaron totalmente arrasadas. La nobleza local latifundista, enriquecida por la productividad de los campos de Sicilia (que ya había sido considerada en anteriores siglos como el granero de Roma), decidió rehacer sus palacios e iglesias, y lo hizo en muy pocos años y en el estilo imperante en la época: el barroco. La ingente cantidad de obras y arquitectos en continuo trabajo cohesionó y transformó el estilo en el llamado barroco siciliano, en el que se destacan los detalles florales y rurales (que hacen referencia al origen de las riquezas) y las máscaras grotescas y niños alados (puttis) para sustentar los balcones. En 2002, esta profusión de edificios barrocos le valió a ocho ciudades de la zona de Val di Noto el hecho de ser inscritas dentro de la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO por ser “representantes de la culminación y florecimiento final del arte barroco en Europa”.

Comisario Montalbano: Catedral de Ragusa

San Jorge y la Catedral de Ragusa

Uno de los mejores ejemplos de esta arquitectura es la Catedral de San Giorgio, en la misma Ragusa, que fue diseñada en 1738 por el arquitecto siciliano Rosario Gagliardi. Su gran fachada está elevada sobre una majestuosa escalinata que la destaca aún más y la convierte en uno de los iconos de Ragusa. Elevándose hacia el cielo puro de Sicilia, una gran cúpula neoclásica corona la planta de cruz latina de la Catedral y la hace distinguible desde casi cualquier rincón de la ciudad. En la sacristía de la Catedral se guarda también lo que queda del altar gótico de San Giorgio Vecchio, una obra de 1450 realizada por la familia Gagini y que da muestra del valor que tuvo la vieja iglesia destruida por el terremoto. En el Museo del Duomo adjunto se encuentran varios objetos arqueológicos y sacros de la ciudad, pero en especial destacan los planos que Gagliardi dibujó para la construcción de la catedral. Varias de las imágenes muestran a San Jorge matando el dragón. Como santo patrón de la ciudad es venerado especialmente durante su fiesta, el 23 de abril, que en Ragusa dura 3 días. Entonces, la figura de madera policromada que se encuentra sobre uno de los portales de entrada de la Catedral es paseada por la ciudad en procesión por cofradías de hombres.

Comisario Montalbano: sacristía de la catedral

Retablo gótico de San Giorgio Vecchio de Ragusa en la sacristía de la catedral

–Es un trabajo muy duro –me dijo Carmelo Massari. Alto, corpulento y con un bigote al estilo galo, parecía una versión siciliana de Obélix, pero si decía que transportar la figura era duro es que debía de serlo. La estatua pesa varios centenares de quilos y es por ello que las cofradías se turnan para transportarla. Carmelo era uno de los miembros destacados de la Associazione Portatori San Giorgio Martire “Don Peppino Firrincieli” de Ragusa.
Hablamos en su negocio, el Antico Forno San Giorgio, una pequeña panadería cercana a la catedral que regenta con su esposa. Aquí servían varios de los tradicionales panes dulces y salados de Ragusa: arancine, impanate y focaccie rellenos de caciocavallo ragusano, un delicioso queso salado con denominación de origen. Aproveché para hacer una rápida comida mientras seguía con mis pesquisas. Entre bocado y bocado escuchaba a Massari relatar lo complejo de la ceremonia y lo difícil de algunos de sus pasos, especialmente el descenso de los escalones de la gran escalinata, cuando las puertas principales de la catedral se abren para la ocasión.
Vi una foto de esa misma escalera, pero más de cien años antes, en una de las estancias del Palazzo Arezzo di Trifiletti. Entré ahí invitado por su propietario, Domenico Arezzo, el último descendiente de una familia noble, que me recibió junto a la escalinata de entrada, bajo un elegante arco de piedra negra. Se dice que en la Sicilia del siglo XVII había más aristócratas por metro cuadrado que en cualquier otro país, con más de 228 familias nobles. Varias de ellas habitaban Ragusa, y lo hacían en palacios nobles que se reconstruyeron después del terremoto. El palacio de los Arezzo di Trifiletti no es quizá el que tenga la fachada más bonita de todo Ragusa, pero sí el que tiene las vistas más bonitas. Me las enseñó el propietario, que no resultó ser el estirado y esnob aristócrata que esperaba encontrar visitando un palacio, sino un afable y entusiasta hombre de negocios que, en sus cuarenta, se dedicaba a cuidar del palacio familiar con ingenio y humor.

Comisario Montalbano: Palazzo Arezzo di Trifiletti

Palazzo Arezzo di Trifiletti

–En las estancias de palacio –me dijo– se entra por el hall, con cuadros de los ancestros colgados de las paredes empapeladas. Yo y mi hermana tenemos nuestras fotos en la sala de al lado. Y espero que siga así durante muchos años, porque en el hall solo están los cuadros de los que ya han muerto –añadió con una sonrisa burlona.
El cuadro más importante es el del Barón Carmelo Arezzo, quien compró el palacio en 1850 para establecerse en Ragusa.
–Desde entonces mi familia ha vivido siempre aquí –me dijo Domenico–. Con el paso de los años, sin embargo, la mayor parte de las habitaciones del palacio ya no se usaban. Las abríamos solo para Navidad y San Jorge, las dos grandes fiestas del año.
Desde hace unos años, sin embargo, abren cada día. Las magníficas salas decoradas del palacio y sobretodo las vistas sobre la Piazza del Duomo y de la Catedral de San Giorgio la convierten en un escenario ideal para la celebración de eventos de todo tipo, desde exposiciones a catas de vinos, encuentros empresariales, cenas o aperitivos.
–Es una forma de generar suficientes ingresos como para poder pagar los costes del mantenimiento –me confesó Domenico– y ello nos permite mostrar al público con satisfacción nuestro patrimonio.
Colgada en una pared vi la foto en blanco y negro de las vistas de la plaza desde el mismo balcón en el que me encontraba contemplando la Catedral, más allá de la plaza. Su escalinata aún no tenía la verja que la protege, ya que la foto fue tomada en 1887, años antes de que se instalara. En ella se veía la plaza entera llena de hombres trajeados, la mayoría con sombrero, vestidos de negro y mirando hacia el centro de la plaza, donde la escultura de San Jorge en su parihuela trotaba sobre los hombros de una congregación. Solo se veían hombres. Las mujeres, en esa época, no podían estar presentes en los festejos públicos. “Tenían que permanecer en casa cocinando y cosiendo”, me confirmó Domenico, avergonzado por el comportamiento machista de sus antepasados.

Comisario Montalbano: Palazzo Arezzo di Donnafugata

Palazzo Arezzo di Donnafugata en Ragusa

Esa época ha pasado ya, y ahora las mujeres sí pueden asistir a la fiesta. Los tiempos han cambiado, y la mujer siciliana ocupa todos los estamentos de la sociedad de la isla. En la Universidad de Catania, con una sede en Ragusa, la mayoría de las estudiantes son mujeres, especialmente en la Facultad de Lenguas y Literatura Extranjera. Conocí a una de sus profesoras, Rossella Liuzzo, una elegante venezolana que regresó a la patria de sus abuelos para enseñar literatura española. Rossella combinaba la enseñanza con la traducción y la creación poética, y a pesar de querer con locura a esta ciudad, tenía sentimientos contrapuestos respecto al turismo y al negocio que había tras él: “somos una máquina de hacer turismo y dinero” me comentaba, pero Ragusa es también algo más, “especialmente para sus estudiantes. Me gusta pensar que es un lugar donde hay quienes tratan día a día de educar las inteligencias y los corazones; donde hay gente que observa y lee las experiencias de los otros seres humanos con atención, pasión y mucho, mucho respeto”.

Comisario Montalbano: Circolo di Conversazione de Ragusa

Circolo di Conversazione de Ragusa

Para educar las inteligencias y los corazones, además de la reciente Universidad, en Ragusa existía ya desde 1850 otro lugar icónico: el Circolo di Conversazione, un club privado con sede frente al Palazzo Arezzo di Trifiletti donde los hombres elegantes de la ciudad se reunían para leer, jugar a cartas y conversar. Lo fundaron dieciocho socios iniciales al estilo de los clubs londinenses, la mayoría de ellos pertenecientes a la nobleza, y sus herederos conservan la facultad de entrar como socios en el Circolo sin necesidad de respaldo, cosa que sí necesita alguien foráneo. No fue hasta 1974 que se permitió la entrada a las mujeres, pero desde entonces son bastantes entre los 150 socios, que se reúnen cada tarde en las varias salas del edificio neoclásico, decorado de esfinges y cuya sala mayor es una de las más elegantes de la ciudad. Rodeada de espejos que la magnifican, con un techo abovedado y pintado con alegorías, refleja los intereses de la sociedad con los retratos de cuatro grandes personajes italianos en las diferentes artes pintados en cada esquina: Dante, Michelangelo, Galileo y Vincenzo Bellini, el gran compositor siciliano.
Algunas de las obras de Bellini, el mayor compositor de ópera siciliano, autor de piezas tan famosas como Norma, La sonnambula o I Puritani, sonaron sin duda en el Teatro Donnafugata, un pequeño teatro privado que se hicieron construir los barones de Donnafugata en su residencia familiar de Ragusa, el palacio de los Arezzo de Spuches. El teatro ocupa lo que habían sido los sótanos abovedados del palacio, donde tradicionalmente se guardaba el grano y el aceite, y demuestra hasta qué punto la nobleza enriquecida de la ciudad podía sufragar todos sus antojos. El teatro, con cabida para más de cien personas, servía solo para las funciones privadas del rico propietario, que accedía a su palco presidencial desde los pisos superiores a través de una escalera disimulada. Desde el año 2000 se abrió al público para la representación de obras de pequeño formato: ahora el patrimonio siciliano se comparte al público.

Comisario Montalbano: Teatro Donnafugata

Teatro Donnafugata

Vi también otro ejemplo de la recuperación histórica del arte siciliano en Rosso Cinabro, el taller de los pintores Biagio Castilleti y Damiano Rotella. Vestidos con ropas del siglo XIX, tocados con boina bohemia y armados con paleta y pinceles se dedicaban a restaurar un típico carretto siciliano para un propietario que quería usarlo para anuncios de televisión y bodas. Increíblemente decorados con escultura y pintura, los carros sicilianos de madera fueron usados durante todo el siglo XIX y hasta mediados del XX. En una sociedad todavía analfabeta, sus elaborados dibujos contaban historias y leyendas fáciles de reconocer que se propagaban por los caminos tortuosos que conectaban las ciudades. Un solo burro tiraba del carro, que se usaba para el transporte de personas. En los años 1920 llegaron a haber miles en la isla, pero la llegada del automóvil, el desuso y el paso del tiempo terminaron relegándolos al olvido, hasta que, desde hace pocos años, se están recuperando especialmente para celebraciones y como espectáculo visual.
Scicli, una pequeña población a 30 minutos de Ragusa, estaba de fiesta esos días. La emoción contenida se palpaba en el aire. Me encontré con Barbara Conti, fotógrafa y guía de Scicli, para que me explicara el porqué. Cada año el 19 de marzo se celebra San Giuseppe por todo lo alto. En una ciudad de tradición ecuestre, varios grupos participan en la Cavalcata, un desfile en el que pasean altos y fornidos caballos percherones armados de estructuras decoradas con flores. Durante semanas, los equipos diseñan, construyen y elaboran las complejas estructuras en el más estricto de los secretos, puesto que de lo que se trata es de sorprender para ganar el premio del concurso que se organiza para escoger la mejor.

Comisario Montalbano: Cavalcata di San Giuseppe

Preparando una armadura de flores para la Cavalcata di San Giuseppe

Barbara me llevó a la fábrica de aceite de oliva de Aprile Fratelli, propiedad de los hermanos Roberto y Daniele. Era tarde, pero el aparcamiento junto a la fábrica estaba lleno, y salía música de la entrada de la nave principal, que habían tapado con cajas de madera. Entramos. En el interior, una estructura metálica recubierta de espuma esperaba a ser forrada de flores por una veintena de hombres, mujeres y niños. Los más viejos estaban ya preparando las flores mientras que los jóvenes empezaban a pegarlas con cola caliente a la espuma, siguiendo un patrón preestablecido. La mayoría de las flores eran color violeta o lila de la especie violaciocca (Matthiola incana) que los sicilianos llaman balucu y que en italiano se llama bastone di San Giuseppe por su forma también de báculo, de donde deriva el nombre siciliano. El trabajo duraría toda la noche. En la recepción de la fábrica habían unido varias tablas de madera sobre bastidores creando una larga mesa sobre la que había focaccias, ricota caliente, vino, y galletas para que el hambre no fuera un impedimento. La participación es totalmente voluntaria, y entre familiares, amigos y vecinos, los Aprile esperaban que el caballo de este año fuera el ganador.
–Hace veinticinco días que empezamos con la idea –me dijo Roberto– y es un trabajo muy pesado que necesita mucha colaboración. Por ello lo recuperamos en mi familia, porque es una de las ocasiones del año en la que estamos todos unidos con un mismo fin.
No siempre fue tan elaborada la Cavalcata de San Giuseppe. Empezó hace unos cincuenta años primero anudando flores a un saco de arpillera fijado a la montura, pero poco a poco fue evolucionando hasta las complejas estructuras actuales.

Comisario Montalbano: Cavalcata di San Giuseppe

Cavalcata di San Giuseppe

En otra sala de la fábrica de aceite tocaban y cantaban un par de músicos en un rincón. Con una mesa de sonido, un órgano electrónico y una guitarra el dúo atacó varias de las canciones más conocidas que ha dado Italia y Sicilia. Empezaron con una versión animada de Tu vuò fa’ l’Americano de Carosone que dejó a los asistentes bastante alegres. Pero cuando versionó a Franco Battiato con su Voglio verderti danzare los únicos que bailaron fueron los niños. Los adultos estaban enfrascados entre flores y pegamento…
Barbara me llevó al Ayuntamiento de Scicli. En uno de los despachos del piso inferior se encuentra la oficina de Salvo Montalbano en la serie de televisión. Estaba cerrada, pero entramos por la misma puerta principal ante la que el comisario aparca siempre su Fiat Tipo en la serie. Subimos por los escalones y remontamos la escalera nobiliaria del antiguo Palazzo Communale y entramos en el despacho del alcalde, el Gabinetto del Sindaco. Él estaba sentado en una mesa anexa, en un rincón, discutiendo con los integrantes del jurado para ultimar los detalles del concurso. Reconocí la otra mesa, un enorme escritorio bajo un tapiz enmarcado, que figura en la serie como el despacho del Prefetto de Montelusa, el jefe de Montalbano.

Comisario Montalbano: Despacho del Gabinetto dal Sindaco

Despacho del Gabinetto dal Sindaco (Prefetto de Montelusa)

Desde el balcón se veía toda la calle peatonal de Via Francesco Mormino Penna, y una gran parte de los campanarios de las 99 iglesias que dicen que tiene Scicli. Cerca, la vieja farmacia Cartia, creada en 1902 por Guglielmo Cartia, era ahora un museo usado para algunas escenas de la serie, como la entrada de la Iglesia de San Michele o el Palazzo Spadaro. Pocos edificios del centro histórico de Scicli no han aparecido en la serie de televisión, por lo que pasearme por sus calles anchas y ricas en detalles me transportó a los capítulos que había visto en casa. Me parecía seguir los pasos de Montalbano, que poco a poco me guiaron hasta la Piazza Italia, donde se realizaba la Cavalcata de San Giuseppe. El público llenaba toda la acera y apenas había sitio en la calle para que se movieran los caballos. Los había de todo tipo: desde fornidos percherones hasta minúsculos ponis, pero eran solo los grandes los que llevaban sus inmensas estructuras floreadas. Los pequeños contaban con algún toque floral en su montura o en el jinete. Los grandes los guiaban grupos de media docena de mozos que controlaban su avance, ya que a veces se los caballos se ponían nerviosos bajo la coraza de flores y sacudían la cabeza empenachada con violencia. Me aparté un poco y los vi descansar en la Via Bezzecca, donde llevaban a los caballos agitados para que se tranquilizaran. Aquí, arriba y abajo de la calle, era donde mejor se podían ver, como obras de arte floral sobre patas que no sobrevivirían más allá de esa noche cuando al día siguiente empezarían ya a marchitarse…

Comisario Montalbano: Farmacia de Scicli

Farmacia de Scicli

Esa noche sería larga. Me fui de Scicli hasta Modica, otra de las ciudades barrocas surgidas del terremoto y con varios de sus escenarios que aparecen en la serie de Montalbano. Ahí cené con Giovanni Gurrieri y Valentina Longhitano en el restaurante Osteria dei Sapori Perduti. Giovanni es el director y cofundador de Sud Tourism, una asociación que quiere promocionar el turismo en la isla y especialmente en el sureste, organizando actividades como la Scale del Gusto de Ragusa y la Ruta Montalbano que yo estaba siguiendo. La acompañaba Valentina, estudiante de español en la universidad y una de las más activas colaboradoras de la asociación.
–Vamos a pedir varios platos típicos sicilianos para que puedas hacerte una idea de lo variado de la gastronomía de nuestro país –me dijo Giovanni.
Pidió unos cuantos antipasti típicos, como arancine, frittatina, caponata y caciocavallo ragusano. De segundo lolli con fave y bollito, una especie de combinado de carne y verduras cocidas. Había comida para un regimiento, pero así comían los auténticos sicilianos, me dijo.
–Además –añadió–, este restaurante, como su dueño, son muy especiales.

Comisario Montalbano: Antipasti sicilianos

Antipasti sicilianos

Empezamos a degustar los platos al poco rato, mientras Giovanni me explicaba el verdadero objetivo de Sud Tourism: el área en que nos encontramos no tiene las maravillas naturales del Etna o el patrimonio de Palermo, y desde siempre ha sido la parte olvidada de Sicilia, me contó, y la isla es en si misma la parte olvidada de Italia. Se necesita dinamizarla, pero de abajo hacia arriba. “No podíamos esperar que lo hicieran los políticos, y por ello creamos la asociación, para promover y revalorizar nuestros recursos paisajísticos, ambientales, gastronómicos, históricos y artísticos”. Giovanni, joven y apersonado, tenía esa mirada cuando hablaba de su Sicilia natal que solo tienen los entusiastas. Desprendía amor por su patria por todos los poros de su piel: “un área no tiene futuro sin la conciencia de la propia alma” solía decir Giovanni, y él era de los que quieren que el alma de Sicilia llegue a todos sus visitantes.
De momento, lo que nos llegaba de Sicilia era la comida. Tuvimos que cancelar algún plato porque ya no nos cabía nada más. Apareció Carmelo Muriana, el propietario. Más bien bajito y ancho, su rostro casi siempre sonriente mostraba ahora una preocupada expresión por si había algo que no nos hubiera gustado.
–¡Al contrario! Todo excelente, pero ya no nos cabe nada más…
Pamplinas, nos dijo. Y acto seguido nos trajo unas cuantas tablitas de chocolate modicano (hecho en frío con azúcar) y una botella de Pantelleria Passito liquoroso. A eso no le pudimos decir que no.
Al terminar, Carmelo nos llevó a pasear por la ciudad. Eran casi las doce de la noche pero Modica es una ciudad universitaria y bullía de actividad juvenil. Los jóvenes se juntaban en las plazas o cruzaban rápidos las calles para dirigirse a los bares que frecuentaban.

Comisario Montalbano: Modica de noche

Modica de noche

Carmelo nos contaba que una vez al año dejaba el restaurante y viajaba a Burkina Fasso para ayudar en la construcción de una escuela y un centro médico en la pequeña población de Ziga, donde colabora con la ONG Mamma Africa Onlus. Esa no es la única afición de Carmelo: también le gustan los oficios antiguos, y no solo se dedica a observarlos, sino que intenta conservarlos. Ese es el principal objetivo del museo que ha creado con su colección, el Museo delle Tradizioni Gli Arnesi di una Volta. En las vueltas de un antiguo convento de carmelitas, en la Piazza Matteotti, Carmelo ha reunido su colección de objetos de varios oficios casi perdidos: zapatero, cantero, barbero, herrero, hilador,… Entre las viejas paredes se muestran miles de objetos que Carmelo ha ido comprando:
–Empecé comprando el taller de un zapatero que se jubilaba y tenía su negocio frente al mío. Nadie había querido continuar con el taller, así que se lo compré para que no se perdiera. Así empezó todo.
Carmelo conocía los detalles de cada uno de los objetos: cuándo los había comprado, a qué precio y para qué servían. Sin su museo, todo eso se habría perdido.
–Sobretodo nos visitan escuelas –me comentó Carmelo orgulloso–. ¿Sabes cuál es la satisfacción de ver a los niños contemplar admirados esos objetos que quizá sus abuelos habían utilizado?
El día despertó soleado a la mañana siguiente. Mejor, porque me esperaba un par de visitas exteriores. La primera fue en Punta Secca, un viejo pueblo de pescadores con un alto faro de 1853 que advierte a los barcos de los peligrosos bajíos frente a la costa. Recientemente encontraron muy cerca un antiguo barco romano hundido, lleno de ánforas, a muy poca profundidad.

Comisario Montalbano: Faro de Punta Secca

Faro de Punta Secca

Andrea Camilleri hace vivir a su personaje en la inventada ciudad de Marinella, pero en realidad su residencia en la serie de televisión es una vieja casa remodelada de Punta Secca que se encuentra junto a la Torre Scalambri, una fortificación para controlar a los piratas construida en 1595 que se levanta junto a un puerto griego de hace 2500 años. La casa de Montalbano, usada para la serie, es ahora un polo de atracción para los seguidores de la serie, y gente de todo el mundo viene para verla o incluso para hospedarse en ella, puesto que el propietario decidió convertirla en un Bed & Breakfast llamado, justamente, La Casa di Montalbano. Me encontré con Pietro di Quattro, el propietario, un hombre en sus sesenta, de poblada barba y mirada franca, que no denotaba en ningún momento sus orígenes aristocráticos aunque sí un poco sus intereses artísticos (fue durante cinco años el director artístico del Teatro Donnafugata). Me dijo que los equipos de televisión vienen una vez cada dos años y se están en la casa unos dos meses, transformándola en la casa de Montalbano que se ve en televisión desde 1999.

Comisario Montalbano: Playa de Punta Secca

Playa de Punta Secca (vista desde Casa di Montalbano)

–Me costó convencer a mis padres para que la alquilaran a la productora de televisión, ¿sabes? –me comentó Pietro. Estábamos tomando el aire en la terraza de la casa, que se levanta por encima de la ancha playa de Punta Secca, donde el comisario sale en las tardes tranquilas para reflexionar o de la que baja al agua para nadar en la bahía de aguas poco profundas–. Pero valió mucho la pena. Es el mejor homenaje que se le pudo hacer a este edificio.
Originariamente la casa era un almacén para salar sardinas, pero en 1904 la familia Di Quattro la compró al estado y en los años 20 le añadió la terraza. Actualmente cuenta con cuatro habitaciones dobles, a unos 95 euros la noche. Nada mal para un viejo salador de sardinas.
Pero hay otra residencia que figura en la serie de televisión que es mucho más espaciosa y elegante. A medio camino entre Punta Secca y Ragusa, en medio de los campos de trigo, algarrobo y almendros delimitados por muros de piedra seca, se encuentra una de las mayores muestras del poder económico de las familias aristocráticas de Ragusa. El Castello di Donnafugata con sus 142 habitaciones, estación de tren privada, un laberinto de piedra copia exacta del vegetal de Hampton Court y un jardín con magnolias centenarias fue la residencia campestre de Corrado Arezzo de Spuches di Donnafugata, que amplió la vieja torre del siglo XIV y construyó toda la nueva parte en estilo neogótico. En la serie de televisión de Montalbano, el magnífico castillo es la residencia del mafioso Don Balduccio Sinagra, al que el inspector visita en varias ocasiones.
A través de los años sufrió varias amplicaciones y pasó de manos hasta que fue comprado por el Comune di Ragusa, que lo tiene ahora como un Museo del Vestido en el que se muestran hasta 3.000 trajes y piezas de época. Lo que no ha variado nunca es el nombre. Quedé con el director del museo, Giuseppe Nuccio Iacono, para que me enseñara el castillo y me refiriera el origen legendario del nombre.

Comisario Montalbano: Castello di Donnafugata

Castello di Donnafugata

–Dicen que el nombre viene de la fuga de Blanca de Navarra, la viuda del rey Martí I de Aragón (que fue también rey de Sicilia), al que Bernat Cabrera, brazo fuerte del rey y enamorada de ella, había capturado para ganarse sus favores. Seguramente es una falsa leyenda, pero tiene ese aire romántico que me gustan de las leyendas –me dijo Giuseppe.
Menos romántica fue el final de Cabrera, que murió de peste y fue enterrado en la vieja iglesia de San Giorgio de Ragusa, la que sucumbió al terremoto.
En los elaborados salones del interior, los vestidos de época que se encontraban en el interior de vitrinas, estaban ahí donde las damas señoriales los usaron en vida. Se hacía extraño pensar que hace menos de cien años esos trajes, pero rellenos de carne y huesos, se pasearon por las salas animadas. El ambiente y la decoración parecían sacados de Il Gatopardo.
–El lujo emanaba por doquier en el Castello en esa época –me explicó Giuseppe. Solo los más ilustres de la ciudad eran invitados a la residencia de Donnafugata, y aquí las horas pasaban con distracciones como bailes, juegos de naipes o el billar.
O si les gustaba la lectura y eran amigos del propietario, quizá éste les dejaría acceso libre a su biblioteca, en una pequeña sala del castillo con más de 30.000 volúmenes archivados en estantes que llegan al techo.

Comisario Montalbano: Castillo de Donnafugata

Biblioteca y vestidos en el Castillo de Donnafugata

Terminamos en la gran terraza, ahí donde en la serie Salvo Montalbano encuentra a menudo meditabundo a Don Balduccio. Las vistas invitaban a la meditación. Por encima de las palmeras que refrescaban con su sombra el jardín, se veía descender el campo ragusano hasta la costa, donde a lo lejos resplandecía el mar de un azul intenso.
–Hay días en que, en el horizonte, uno puede ver la isla de Malta desde aquí –me dijo Giuseppe, apoyado en la baranda de piedra de la terraza.
Y luego, como queriendo reafirmar un pensamiento suyo, me preguntó:
–¿No es bonito, todo esto? Uno de los mejores sitios del mundo… –dijo suspirando.
Lo miré como Montalbano se queda mirando a Don Balduccio en la serie, con esos ojos que empiezan nublados pero que se iluminan cuando da finalmente con la solución del caso. Giuseppe me reveló la respuesta al enigma que yo me había planteado y que había estado intentando resolver. ¿Qué tenía de especial la Ruta Montalbano?. ¿No era evidente ahora? Con el comentario de Giuseppe pasó por mi mente todo lo que había visto esos días. Recordé todos los palacios, teatros, tiendas, plazas, restaurantes, despachos y residencias por las que había paseado, pero sobre todo, recordé a la gente que había conocido: amable, abierta, orgullosa de su cultura y, por encima de todo, amante de su historia y de su tierra.
Sonreí como Montalbano cuando consigue resolver un caso. En esa terraza de Donnafugata, bajo el sol del mediterráneo y contemplando las aguas tranquilas del mar, llegué a la conclusión de que sí, que ese rincón de Sicilia podía ser uno de los mejores sitios del mundo…

Para saber más:
facebook.com/sudtourism
www.palazzoarezzo.it
www.teatrodonnafugata.it
www.fratelliaprile.it
www.mammaafricaonlus.org
www.osteriadeisaporiperduti.it
www.iblaresort.com
www.lacasadimontalbano.com
www.comune.ragusa.gov.it/turismo/castello

Publicado en el Nº29 de la revista Magellan

Sobre el autor

Jordi Canal-Soler

Jordi Canal-Soler

Soy escritor y fotógrafo especializado en viajes. Viajo por el mundo y lo cuento en artículos en revistas y periódicos, programas de radio y televisión, charlas y conferencias y media docena de libros, entre los que se cuentan VIAJE AL BLANCO (Editorial UOC, 2014) y TERRES DEL NORD (Nova Casa Editorial, 2015).

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