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De sube y baja

Lea Buendía
Autor: Lea Buendía

Siempre me he preguntado a qué se debe ese magnífico escalonado que decora muchas casas del norte de Europa. Esas cuya fachada acaba en forma de escalera a ninguna parte, que sube para volver a bajar. Son realmente bonitas. Viví tres años en Bélgica y siempre me llamaron la atención. Casas estrechas, o no tan estrechas, normalmente de colores húmedos, de tanta lluvia, y sin tejado aparente, sólo esa majestuosa fachada.

Tienen forma de iglesia, pero no lo son. También de barco, excepto por lo de la verticalidad. O de Tetris en una partida complicada… Parecen edificios construidos con piezas de Lego en que el arquitecto ha olvidado colocar el bloque bonito ovalado al final. O casas de chocolate en que la tableta ha sido meticulosamente cortada al final…

Hace una semana volví a Bruselas –consecuencias de haber secuestrado a un belga de vuelta a casa, en mi huída hacia el sol–, y paseando por el barrio de Sint-Lambrechts Woluwe topamos con una pequeña plaza por la que no había pasado antes. Estaba repleta de esas curiosas casas escalondas. Todas bien apretujadas. Encajadas. Y volví a lanzar la dichosa pregunta al aire a mis acompañantes…

A quién narices debieron ocurríesele… ¿y para qué?
La verdad es que estos edificios están en muchos rincones de la capital belga, en el centro, en pequeñas plazas del barrio de Etterbeek o en el Matongé, al lado de esos dibujos de cómic gigantes pintados en los muros de las casas… Pero cuando llegué a la ciudad me sorprendió no encontrarlos en su imponente Grande Place, sin duda y pese a parecer tópica, el lugar más bonito de Bruselas. Podrías quedarte contemplando los detalles de las fachadas  –no escalonadas– de sus casas durante horas, con una buena caja de pralinés en las manos. Más tarde aprendí que en la plaza todos los edificios son casas gremiales y cada uno suele tener una estatua que representa el oficio que allí se desarrollaba en la Edad Media. Si sigues sus miradas, las de las estatuas, das la vuelta a la plaza. Como dato de interés, añadiré, que allí siempre huele a gofre, noche y día sin cesar.

Calle en Bruselas

Fue, de hecho, esperando uno de esos gofres típicos bruselenses –los propios de la ciudad son los cuadrados ligeros– que hacen en una Crêperie cercana a la Bourse cuando descubrí, gracias a una guía que aleccionaba a sus visitantes, que mis casas de chocolate escalonadas eran en realidad la versión más antigua de las que hoy encontramos en la Grand Place de la ciudad. Con el tiempo, parece, los escalones de las casas de los gremios se volvieron redondeados y barrocos…

En fin, por suerte para servidora, Flandes estaba lleno de grand places o, mejor dicho, de Grote Markts (plazas del mercado), como las llaman en flamenco, repletas de escalones de 90 grados para investigar.

Los ejemplos más bonitos los encontré en las ciudades más antiguas –Brujas, Gante, Anveres–, es decir, las más prosperas y ricas en la Edad Media. Leí que estas ciudades se habían construido gracias al desarrollo de la industria textil, después de que se descubrieran las virtudes de la lana de alta calidad. Y curiosamente esto fue posible porque en ese momento tanto las zonas de producción (situadas en Castilla, España) como las de transformación (en Flandes, Bélgica), formaban parte de un mismo reino, el del archiconocido Carlos V, el Carlos I español. Un personaje tan odiado como querido que casualmente da hoy nombre en Bélgica a infinidad de bares, plazas, una ciudad en la región de Wallonia, Charleroi (Carlos-el-rey), y como no, alguna que otra cerveza, como la Gouden Carolus, producida en la histórica ciudad de Malinas (Mechelen), en una de las fabricas artesanales de cerveza más antiguas (con más 400 años) del país. La Bruine van Mechelen era, según parece, la favorita del que luego sería emperador del Sacro Imperio Romano, de ahí que en 1960 tomara su nombre.

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Brujas, en Bélgica

La verdad es que cuesta poco, cuando uno pasea sobretodo por Brujas o Gante, imaginarse semejante época de esplendor.  Brujas es, como diría  Colin Farrell en la película – Escondidos en Brujas o In Bruges (2008)– “un maldito cuanto de hadas”. Edificios señoriales, canales, puentes, callejuelas medievales y barcos. Puro lujo.

Y Gante, ciudad natal, por cierto, del legendario emperador o Kaiser Karel (también una cerveza), a mi juicio, la supera. Iglesias medievales, un castillo nunca conquistado y enormes canales por los que navegar entre muchos estudiantes autóctonos y pocos turistas.  Si volviera a Bélgica, me instalaría allí.
En una casa escalonada, claro.
En Brujas están absolutamente por todas partes, y en Gante, quedan algunas de las más antiguas y pequeñas. Los ricos burgueses y los intelectuales que huyeron a lo que hoy es Holanda durante La Guerra de los 80 Años, la que acabó por separar las Provincias que conformaban los Países Bajos, debieron importarlas, pensé en su momento. O no, quien sabe…
Lo cierto es que Amsterdam las coleccionan a montones. Cuando visité la capital holandesa descubrí con orgullo que las casitas rivalizan con la marihuana y Van Gogh como iconos de la ciudad. A diferencia de las flamencas,  allí son estrechas, o estrechísimas, y siempre arras del canal.

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Anveres

En un museo de Amsterdam leí que fue justamente en aquella guerra que enfrentó a los protestantes de la nobleza con la católica corona española –iniciada, por cierto, en gran parte a causa de las acciones del duque de Alba, un personaje siniestro que hoy no tiene ni cervezas ni plazas, sino una canción para dormir a los niños belgas semejante al Que viene el Coco español–, dónde nacieron como países Holanda y Bélgica. Podría decirse también que allí murió el Imperio español…

La última ciudad conquistada por los españoles a los protestantes sería la todopoderosa Anveres, que pese a la decadencia que se iniciaba, logró conservar en sus casas escalonadas los símbolos de un pasado mejor.

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Yeper

Al menos no tuvieron que reconstruirlas como en Yprer (Ieper), la mayor ciudad de Flandes Occidental y tercera en discordia después de Gante y Brujas, conocida por sus increíbles tapices medievales, y también, por desgracia, más recientemente, por la cantidad de muertos que sumaron sus trincheras durante la I Guerra Mundial.

Las Trapgevel (o casas escalonadas) de su plaza mayor, de las más grandes de Bélgica, hoy preciosa, sirvieron de trincheras improvisadas a los solados… Y algunas de sus hermanas servirían también de escondite a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Cosas de la vida.

Y eso que los escalones, al final, después de tanta historia, resultaron  no tener más utilidad que la pura ornamentación…

Lea Buendía

Sobre el autor

Lea Buendía

Lea Buendía

Dicen que tengo mucha imaginación, a veces quizá demasiada. Soy de esas que leen Las mil y una noches y ya se ve en Persia rodeada de sultanes y visires. Soy creativa, vital y muy curiosa. De ahí que amontone revistas de historia y viajes por igual y esconda en los cajones maquetas de pirámides y puzzles en 3-D de castillos del Loira. Soy también algo tímida, tremendamente organizada, y puestos a confesar, algo cagueta. Con toda probabilidad no habría podido seguir a Simbad ni en el primero de sus siete viajes, menos sin una guía y las reservas de los hoteles hechas, pero me habría encantado resolver enigmas con Howard Carter para llegar a descubrir la tumba de Tutankamón. Que se le va a hacer, soy más de magia que de acción, será el apellido…

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