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Cuba, con ritmo propio

Lea Buendía
Autor: Lea Buendía

Ultimamente me parece que Cuba está en todas partes. Sale en las noticias –los últimos movimientos políticos no son para menos–, escucho su música en la radio, entremezclada con entrevistas a uno y otro bando. Oigo hablar al chofer de Fidel Castro desde España, dando testimonio de sus años de servicio. Y luego a Obama, desde la mismísima Cuba, en lo que ya se ha clasificado como un día histórico. Y mientras, mis redes sociales se llenan de fotos de las supermodelos más internacionales desfilando para Channel ¡en la Habana!, y de adictos a la política pronosticando el mejor y el peor de los desenlaces para esta particular historia de amor-odio que vive Cuba con el comunismo.
Quizá ya sea obsesión mía, pero hasta me parece que en Barcelona florecen los restaurantes que sirven ropa vieja, y que, de repente, a todo el mundo le ha entrado la prisa por ir a visitar ese pequeño trocito de paraíso “antes de que todo cambie”.

Visité el país hará unos años. Contando diría que unos seis… ¡Como pasa el tiempo! Y qué maravilla de playas, de paisajes, de música, de gente, ¡de mojitos! Realmente es algo muy singular que hay que ver “antes de que todo cambie”. He explicado tantas veces lo rápido que volvería a la isla si pudiera teletransportarme en cuestión de segundos, que los amigos que quieren visitarla este verano me piden insistentemente unas nociones básicas para decidirse a reservar. Quieren un resumen rápido con indicaciones previas, una pequeña guía de supervivencia que incluya un esquema simplificado de un buen recorrido.

He empezado en lo que llevo de mes diversas veces un mail general, quemando el tenis, que dirían en Cuba. O lo que es lo mismo, con sudor y lagrimas…, pero me entretengo revisando las fotos y los escritos y no consigo acabarlo.

Y sin comerlo ni beberlo, ayer mismo me regalaron un libro recién publicado que lleva por nombre Mi tío no se llama Sam, de Alfons González Quesada. Sí, como habréis adivinado, sobre Cuba, sobre la relación del régimen cubano con Estados Unidos a través de la Gráfica cubana. Y ya no he podido posponerlo por más tiempo: es un hecho, Cuba me persigue. Así que ahí voy.

Viajé a Cuba como he dicho hará unos seis años, o quizá siete. Fue justo el año anterior al terremoto que asoló Haití y también parte de la isla de Cuba… Y me quedé recorriendo la isla mochila a cuestas durante un mes, alojándome en casa de cubanos particulares que forman parte de una red oficial de cara al estado. Para mí, personalmente, ese timing, si os lo podéis montar, fue la mejor de las opciones: nos permitió ir descubriendo la isla poco a poco, y además nos dejó tiempo para hacer un ‘descansito’ a mitad del viaje en uno de sus espléndidos cayos.
El alojamiento –siguiente punto candente si quieres visitar la isla– tampoco es ningún problema, y es muy fácil de encontrar. Hay muchos cubanos que ofrecen habitaciones en sus propias casas y el sistema, según mi experiencia, funciona de maravilla. Nosotras solo teníamos reservada previamente la casa de la Habana –exigencias del guión, ya que es obligado tener un alojamiento reservado para que te den el visado en España–,  y miradas otras (sobre todo las primeras), por si todo se complicaba. Y eso que yo no soy muy de viajar sin tenerlo todo controlado. Pero se puede hacer sin problemas.

Empezamos nuestro recorrido en la Habana, donde pasamos unos tres días (al final del viaje pasaríamos tres más). Sinceramente, es lo que menos me gustó de toda Cuba, y eso que me encantó. Es sin duda lo más turístico, pero evidentemente hay que verla. El impacto que me causaron sus calles al aterrizar allí no se me olvidará nunca.

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Nos quedamos en casa de Zeila Riverón, nos trató tan bien y nos explicó tantas cosas que no me canso de recomendarla. Una mujer fuerte, doctora, que conoció y trabajó con al mismísimo Che –“era guapo,¡eh!, nos decía riendo mientras desayunábamos–, y que a mi parecer había tenido una vida de novela. Si la buscas en internet la encontrarás sin problemas. Su versión de los hechos me pareció fascinante: crítica y romántica a la vez.
De La Habana, más allá de todo lo que hay que ver obligadamente, yo recomiendo ir (muy mucho) al bar La Guarida, gran protagonista del film Fresa y Chocolate, una película que debéis ver obligadamente antes de ir a Cuba y que trata el (delicado) tema de la homosexualidad en la isla.

Dejamos la Habana para visitar luego Pinar del Río, en Viñales. Allí fabrican buen tabaco y puedes recorrer el valle a lomos de algún caballo (anoréxico, probablemente) e ir a bañarte en lagunas impresionantes. Es precioso. Tropical como yo nunca había visto nada. Hay playas magníficas, grutas y cuevas, como las del Indio, impresionantes.

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Nosotras nos alojamos en la casa de Carlos Valido, la más económica de todo el viaje (unos 10 cucs (la moneda del turista), creo recordar). Carlos nos preparaba unos mojitos que eran regalos del cielo: los mejores del viaje (¡y probablemente de mi vida!). Su mujer, muy guapa, nos contó que tenia raíces indígenas cubanas. Preparaba unos platos típicos riquísimos alejados del típico arroz con frijoles que, creedme, acabaréis aburriendo.
Recuerdo que tenían dos gatos muy cubanos: patria y muerte. Aunque nunca pude averiguar si tales nombres eran fruto de la ironía o no…

De Pinar del Río, pusimos rumbo a Trinidad. Íbamos siempre en Vía Azul, el servicio de buses cubano que básicamente utilizan turistas, o cubanos que quieren hacer una larga distancia (y pueden permitírselo). La verdad es que, contra todo pronóstico, nos funcionó muy bien. Las carreteras cubanas son toda una aventura, nunca sabes si habrá gasolina o no ese día, o si ese coche que te cuadriplica la edad te dejará o no tirado, así que el Vía azul resultó una muy buena solución. Eso sí: lo que hacíamos siempre al llegar a un lugar, era asegurarnos de como salir de él. Cuba no entiende de horarios fijos ni agendas estrictas, así que lo mejor es preguntar, una vez llegas con el bus a algun pueblo, cuándo salen los buses al siguiente sitio al que quieres ir. Así te aseguras el tanto, porque seguramente ese bus que deseas no pasa hasta dentro de tres o cinco días, y uno se puede organizar…

Dicho esto, Trinidad es precioso, pero definitivamente lo más turístico. Acoso y derribo. Pero sus calles empedradas, su casa de la música, donde hacen baile por las noches –y reggaeton un poco más tarde–, te hacen olvidar el agobio. La verdad es que está todo muy bien conservado, algo que impacta si uno pasa antes por la Habana, y vale mucho la pena.

Trinidad

De Trinidad viajaríamos a Cienfuegos y hasta Morón, donde hicimos noche. Morón no es precisamente  lo más bonito de la isla, pero íbamos de camino a los cayos y era parada obligada para la conexión de buses. Desde allí un doctor reconvertido en taxista –ganaba más llevando turistas que operando– nos llevó en coche hasta Cayo Guillermo cruzando  el dique que los une con la isla. Fue caro, pero es la única opción. En los cayos habíamos cogido un hotel, de los más baratos de la zona, y nos disponíamos a disfrutar de tres días de cocteles y relax. No puedo describir con palabras esas playas. Nos habían dicho que Cayo Coco y Cayo Guillermo tenían las mejores de la isla –y que Baradero era puro Lloret de mar, si se me permite el símil–, y resultó del todo cierto. En Viñales nos habían recomendado Playa Pilar, como lo mejor de toda Cuba. Y no se equivocaban. Aún sueño con esa playa.

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De los cayos viajaríamos a Camagüey, muy bonito y sobretodo muy cuidado. Creo que es donde mejor se puede palpar el pasado colonial, y todo lo que desgraciadamente conllevó en otros aspectos. Allí nos alojamos en una casa donde el pasillo y el comedor no tenían techo, en su lugar había ¡lianas! Me encantó conocer a sus dueños.

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Él había salido del país para trabajar en Madrid y era un auténtico fan de España, pero tras tres años había regresado a la isla. Fue muy curioso conocer de qué manera veía él nuestro sistema y como lo había vivido, querido y odiado.

Nuestra penúltima parada sería Santiago de Cuba (y sí, para los curiosos, de camino el bus pasa por Guantanamo, el pueblo, y la prisión se intuye, pero no se puede ver).  Cruzamos la mítica Sierra Maestra y llegamos a la ciudad. Si tengo que hacer recomendación general del viaje, os diría que intentéis llegar si o si. Para mí fue lo más auténtico: pocos turistas llegan y la ciudad es muy bonita. El San Francisco cubano. Además allí se concentra la historia de la revolución. Si incluso está la tumba de José Martí, el único capaz de disputarle al Che el puesto de ídolo-símbolo de la cuba revolucionaria. En Cuba, ya lo veréis, ellos dos, y el “guantanamera…” de Compay Segundo están en cada rincón.

En Santiago la gente es mucho más humilde, pero a la vez más acogedora y abierta. Hay muchos músicos en la calle, y por las noches la ciudad es puro ritmo. Preciosa.

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Si tenéis tiempo, Baracoa,  también es un imprescindible. El paisaje es totalmente diferente, y aunque el acceso es un poco complicado al ser una de las regiones más pobres, merece mucho la pena.  Me han dicho que cayeron muchas casetas tras el terremoto que asoló Haití y Cuba, pero cuando yo estuve allí, aún se tenía en pie la que se considera la primera iglesia que levantó Cristobal Colón al llegar América, pues llegó justamente allí. Hay una estatua de él en Baracoa, no muy lejos de la de Hatuey, el primer rebelde de América, que luchó contra los conquistadores españoles. Fue sumamente interesante conocer la historia de la resistencia indígena allí.

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Baracoa es también conocido por el chocolate y aún preparan muchos platos de pescado con él. Vale la pena por el contraste: las playas pertenecen al mar Atlántico y es pura selva.

De Baracoa volvimos a Santiago con el tiempo justo de comprar ron, que allí es de los mejores, y volar a La Habana con un vuelo interno de Cubana de Aviación. Posiblemente coger ese vuelo sea de lo más arriesgado-osado que he hecho en mi vida, pues el avión, ruso de los años de Maria Antonieta no parecía en condiciones de poder despegar. Por suerte, todo fue bien y nos ahorró las 15 horas de bus hacia la Habana. El billete se puede comprar en cualquier agencia (todas son de Cubana) en Santiago, la Habana o ciudades grandes.
Una vez en La Habana, hicimos de nuevo ruta el Floridita y la bodeguita del medio de Hemingway, y fuimos un día hacia las playas de Baradero con un bus local. Luego regresamos a Casa con la sensación de haber visitado un lugar peculiar y extraordinario.

Se nos quedó en el tintero Santa Clara (donde están los restos de los restos del Che, si es que quedaba algo cuando lo trasladaron..), pero es bien sabido que siempre hay que guardarse algo en el tintero. Que por mucho o poco que Cuba cambie, su querida presencia, me parece, perdurará por mucho tiempo.

Lea Buendía

Sobre el autor

Lea Buendía

Lea Buendía

Dicen que tengo mucha imaginación, a veces quizá demasiada. Soy de esas que leen Las mil y una noches y ya se ve en Persia rodeada de sultanes y visires. Soy creativa, vital y muy curiosa. De ahí que amontone revistas de historia y viajes por igual y esconda en los cajones maquetas de pirámides y puzzles en 3-D de castillos del Loira. Soy también algo tímida, tremendamente organizada, y puestos a confesar, algo cagueta. Con toda probabilidad no habría podido seguir a Simbad ni en el primero de sus siete viajes, menos sin una guía y las reservas de los hoteles hechas, pero me habría encantado resolver enigmas con Howard Carter para llegar a descubrir la tumba de Tutankamón. Que se le va a hacer, soy más de magia que de acción, será el apellido…

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