Tras aquello que escribí a los reyes magos en enero con mis deseos viajeros para este 2017 han pasado 4 meses, en aquella carta les pedía, entre otras cosas, ver de primera mano qué se estaba moviendo en Valencia: “Evidentemente para verlo bien necesitaría mínimo una semana, aunque con tener tiempo para conocer un poco mejor la cuidad y comer en Sucede, de momento, insisto, de momento, me conformo. Ya tendremos tiempo de visitar a Ricard Camarena, Quique Dacosta y a Begoña Rodrigo”.

Pues bien, han pasado cuatro meses de aquello y lo de visitar Valencia se hizo realidad el pasado mes de febrero, no fue una semana, pero en un par de días tuve la oportunidad de “romper el hielo” con la capital valenciana. Además, tuvimos la inmensa suerte de que era el fin de semana en el que se daba el pistoletazo de salida a las fallas, lo que se traduce en ruido, humo y un maravilloso olor a pólvora.

Fue un fin de semana de pasear, comer y beber. Paseamos la ciudad casi al completo (que es la mejor forma de conocer bien una ciudad), visitamos el Mercado Central, en el que es imposible no levantar la cabeza para admirar la magnífica cúpula que tiene en el centro, también el edificio de la lonja con sus patios de naranjos y sus salas con las interminables columnas. De ahí pasamos a las murallas del barrio del Carmen y luego bajamos hasta el Mercado de Colón para visitar Habitual, una de las casas de Ricard Camarena en la ciudad.

Más tarde fuimos a pasear por Russafa, un barrio del que había leído mil maravillas y del que me esperaba mucho más de lo que nos encontramos, quizá no era la hora, quizá no era el mejor día, pero francamente me faltó algo más ahí, se salvó por Gnomo, una tienda de diseño y Celia Cruz una pastelería apta para celíacos que encontramos. Luego caminamos hasta los jardines del Turia para ver la innovadora mascletà vertical de Ricardo Caballer, una estructura de 3 toneladas y 400 metros cuadrados sujetos por una grúa a 50 metros de altura, todo un espectáculo digno de ver. Para acabar de redondear el día, que mejor lugar que la Sala de Sucede, el restaurante de Miguel Ángel Mayor Moyano ubicado el el hotel Caro, un menú que fue un recorrido por la historia de la ciudad a través de cada uno de sus platos.

A la mañana siguiente, tras la pertinente mascletà de las 7 de la mañana, el día amaneció con un sol que nos pedía a gritos un paseo por la playa. Así que eso hicimos, cogimos el autobús y nos bajamos hasta la playa de la Malvarrosa, donde nos sentamos a tomarnos un pequeño desayuno (era tarde ya y queríamos dejar espacio para el arroz), luego paseamos hasta el final del tramo del paseo marítimo haciendo tiempo para la hora de comer. Llegó la hora y ahí estábamos, en la puerta del lugar en el que nos habían dicho que se come uno de los mejores arroces de la ciudad, Casa Carmela, preguntando por nuestra reserva. Ya en la mesa, nos comimos un fantástico arroz del senyoret y dimos fe de que aquello que nos dijeron era cierto.

Después de eso, tocó bajar la comida, y como el día seguía acompañando decidimos deshacer lo andado antes de la comida hasta la parada del autobús que nos devolvía al hotel, el Melia Plaza al lado del ayuntamiento. Hicimos el check-out, recogimos las maletas y nos despedimos de valencia con un “hasta la próxima”. Como ven, lo de que fue un fin de semana de pasear, comer y beber no era palabrería, fue, literalmente eso. Y qué maravilla que fuese así. A ti, de nuevo, gracias por hacerlo posible.

Rompiendo el hielo con Valencia
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